Sobre mi ingrata aventura en un IPUEC (I): Maneras de sufrir o de disfrutar en una beca

Prestando atención hace unos días a una publicación de Yoani Sánchez, decidí no posponer más la intención de contar algunas experiencias sobre mi etapa como “becada” en un Instituto Pre-universitario en el Campo (IPUEC), equivalente al período formativo de lo que en España y otros países se denomina bachillerato. Desde hace años intento relatar, a través de un testimonio en primera persona, sin pretensiones literarias, lo que insisto en definir como la época más cruel y la vivencia más escabrosa en mi ya no tan corta aunque insulsa vida. Período que supera con creces las penurias y miserias de los primeros meses habitando Madrid como inmigrante: limpiando los baños de un restaurante de “Fast Food” en Chueca; asumiendo el rol de ayudante de cocina para hacer “Pink alitas” y “Pink chupetes” en los días cercanos a la celebración del Orgullo Gay de 2004; rezando porque el director de una conocida revista de arte me llamase para cuidar a sus dos ancianos padres y, finalmente, cuando el milagro sucedía, volviendo a rezar porque aquellos encantadores viejecitos no tuvieran ciertas necesidades fisiológicas que seguramente se convertirían para mí en un calvario escatológico; o yendo hasta Arturo Soria a limpiar en un estudio de diseño gráfico donde los viernes parecían celebrar opíparos banquetes cuyos restos debía fregar, mientras imaginaba las delicias que habrían degustado antes en esos platos llenos de migas, sin que los comensales tuviesen el detalle de reservar una porción a la misma persona a la que dejaban un post-it con la orden: “a la señora de la limpieza, lavar los platos”. Con un gesto tan simple como el de apretar el estropajo para que cayese la espuma del detergente sobre la porcelana, tuve la iluminación: pertenecía a otra clase social, una más baja.

Qué diferente era entonces Madrid de la ciudad que me acogió en 2002 cuando vine como becaria. Cómo el concepto de “beca” puede albergar semejante paradoja. En Cuba la beca reproduce el esquema panóptico de la vigilancia y el castigo. En el mundo que existe más allá de la Isla, la oportunidad; y para los cubanos que aplican esperanzados a las convocatorias de becas para hacer posgrados, maestrías, doctorados y posdoctorados, una utopía escapista, la ansiada libertad que deja tras de sí un régimen de precariedad, vejaciones y miedo. Claro que la precariedad, las vejaciones y el miedo no terminan con un visado. La beca en Cuba es sinónimo de castigo, fuera de Cuba es premio, reconocimiento o una posibilidad de acceso al sistema educativo, una herramienta administrativa para aliviar desigualdades sociales. En Cuba es el intento desesperado por acuñar la “igualdad” en la infraestructura seriada de un molde que no pasa por ningún control del calidad. Acto simbólico de conversión del otrora pionero en el aclamado “hombre nuevo”, arrancado del núcleo familiar justo en su adolescencia para alimentar una voluntad parricida por la que el joven niega el hogar y establece vínculos indisolubles con su generación –afincados en una solidaridad gestada como estrategia de supervivencia-, en noches de literas y oratorias compartidas. Maquinaria escabrosa que borra la memoria de una crianza particularizada en el seno del hogar, tal vez como instrumento para erradicar cualquier “residuo burgués” inculcado por sus mayores: creencias religiosas, relaciones con el exilio, etc.; para suplantar la idea de familia por el sentido de pertenencia a una comunidad mayor, siguiendo la prédica de una frase que nos repitieron hasta el hartazgo desde que éramos niños cuando saludábamos en el matutino escolar los símbolos patrios: “los intereses colectivos están por encima de los personales”.

Cuando estaba en la Universidad, una amiga que vivía en el Vedado me confesó que su madre estuvo varios años preocupada por las transformaciones que le vio experimentar mientras estuvo becada. Más tarde, con una mueca de desencanto, su progenitora describió la metamorfosis de una niña educada y tímida en adolescente vulgar, de conducta marginal y agresiva, lenguaje soez y exagerada preocupación por enseñar su cuerpo y ser admirada por ello. Ciertamente, recuerdo mi adolescencia en la beca como un momento iniciático en los territorios prohibidos de una oralidad procaz y obscena, cuya instrumentalización acompañaba una gestualidad exagerada que se esgrimía como marca de territorialidad ante el peligro inminente de que te “cogieran para eso” o te “cogieran de punto”. Las extremidades superiores se movían en un alarde de ángulos que reproducían trayectorias expansivas y retadoras, como el ritual de exhibición de los gallos antes de enzarzarse en la pelea; la cabeza hacía giros espasmódicos que envidiarían algunos bailadores de popping. Asumir esos códigos se traducía como un rito casi tribal, traspasar las fronteras del civismo para adentrarse en un mundo con otras reglas, la del más fuerte, las de una barbarie que ponderaba la violencia, los abusos de poder, el desenfreno de los instintos y las pasiones más primarias, el machismo, la “pedofilia”, la violencia de género, el racismo, la homofobia.

Sobre sexo, violencia, despotismo, delincuencia, insalubridad, miseria; sobre un modelo educativo fallido que condenaba las ilusiones de estudios universitarios de miles de adolescentes que sólo por ese motivo habían aceptado su reclusión en ese tipo de cárcel juvenil, tratarán las siguientes entradas del blog.

CONTINUARÁ…

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