Sobre mi ingrata aventura en un IPUEC (II): Nostalgia de una maleta de palo y de las mariquitas de plátano

Entre lágrimas y risas, también leí hace unos meses dos post sobre la “Beca de F y 3ra” en el blog Los días no volverán, de Mirta Suquet, en los que era imposible no sentir una inmensa compasión por todos esos “sobrevivientes” al sacrificio que significa estudiar en la Universidad de La Habana bajo la condición de becado. Al mismo tiempo me invadió una fuerte repulsa sobre mí misma por no haber tenido entre mis amistades más cercanas de entonces a alguna de las becadas de mi promoción en Historia del arte, para darles la posibilidad de aprovecharse y abusar de la confianza de mi familia y disponer de un baño limpio o un plato que compartir en una ruinosa casa de Centro Habana. Todavía me extraña que el único varón que había en el aula de Historia del arte en primer año, para más señas hijo de un diplomático extranjero, no hubiese sido violado en algún pasillo de la facultad de Artes y Letras como resultado de un hábil plan de supervivencia de casi 30 jóvenes hambrientas. Famélicas amazonas que devoraban las pizzas de 5 pesos -cuando disponían de ese capital- que vendían al fondo de la Terminal de Ómnibus, de camino hacia la Biblioteca Nacional, donde terminábamos haciendo colas para consultar un desvencijado tomo de la Summa Artis. Historia general del Arte de Josep Pijoán, prácticamente el único ejemplar que existía en toda La Habana, y me atrevería a afirmar que en toda Cuba.

Lógicamente, muchos de los detalles que describía Mirta, repetían las penurias y calamidades que antes yo había experimentado en carne propia en la beca cuando estudiaba en el preuniversitario. Posiblemente la única diferencia entre ambas becas, era el régimen de “libertad condicional” que se le permitía a los estudiantes universitarios, mayores de edad y por ende responsables de sus actos. El delito, la ilusión de una mejoría de status a través de los estudios universitario que no habían podido tener muchos de nuestros padres, lo habíamos pagado con creces al paso por el nivel de enseñanza media, recluidos en los IPUEC y los más afortunados en los preuniversitarios de ciencias exactas, o agradeciendo esa enfermedad que les permitió disponer de una certificado médico y ser de los pocos que asistieron a un “pre en la calle”. Formo parte de esa generación que padeció la reducción de los preuniversitarios urbanos –sin que se le diera una explicación convincente ni de manera oficial, ni de forma extra-oficial. En mi caso particular, las ciencias y yo nunca hemos tenido una buena relación, de modo que no superé las pruebas de acceso de matemáticas para ir a la Lenin (Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Vladimir Ilich Lenin, IPVCE). Así que no hubo más remedio que conformarse con la URSS, un IPUEC (Instituto Pre-Universitario en el Campo) en Alquízar, un pueblo a 43 km al sur de Ciudad de La Haba, que antes pertenecía a la provincia de La Habana, y que después de la última división político administrativa de 2010 está ubicado en la provincia de Artemisa. También fui de la generación que llevó la resistencia del cuerpo al límite cuando los períodos de pase tras una semana de internamiento se extendieron a once días; y la misma generación que no disfrutó de los viajes de entrada y salida de la beca en vetustos ómnibus “Girón”, sino en el repudiado y lento tren de los becados, una interminable sucesión de vagones de carga con unas pocas ventanas y unos mugrientos asientos de autobús Girón, incómodos e impregnados de la indeleble tierra rojiza del sur habanero, donde íbamos hacinados como bestias domesticadas.

Casualmente, mi maleta de palo, como la de Yoani, también quedó extraviada en Alquízar, en un campamento de las BET (Brigadas Estudiantiles del Trabajo) del que deserté al segundo día. No bastaba con que todo el curso ya estuviésemos en un IPUEC, sino que en las vacaciones había que seguir simulando productividad en otros surcos durante 15 días. Sí, yo viví y estudié tres años en la URSS – después supe que le cambiaron el nombre a la beca por “Rolando Pérez Quintosa”-, pero formo parte de una generación de cubanos para la cual los acrónimos de países como la RDA o la URSS, no constituyeron más que una pesadilla de clausura y no el viaje trasatlántico a los antiguos mitos del campo socialista. Llegué a la URSS justo dos años después de que ésta hubiese desaparecido. Para que el primer trayecto a Alquízar no fuese tan traumático unos autobuses nos condujeron a allí desde el Parque de La Normal en el Cerro. Los posteriores viajes hacia la beca partirían desde la estación de trenes de Tulipán y Boyeros, desde donde salían también los trenes hacia San Antonio de los Baños. Sólo nuestros padres conocen la odisea que significaba llevarnos hacia la estación y traernos de vuelta del lugar donde ocurrían dos ritos que combinaban la polaridad vida-muerte, euforia-depresión: “la salida de pase” y la “entrada al pase”. Se acuñó un nuevo topónimo que fue definido como “El Punto” o “El Punto de los Becados”.

Mi maleta de palo, sin embargo, sí fue ultrajada, las bisagras no estaban reforzadas, como las de Yoani,  y volaron por los aires. Corría el año 1991 cuando un grupo de hambrientas estudiantes la asaltaron para hacerse con el botín: una barra de conserva de guayaba, una exigua bolsa con tostadas -hechas con las rebanadas del pan de la cuota de uno de mis padres, que en gesto altruista se sorteaban diariamente cual de los dos aportaba a la bolsa de tostadas su bolita de pan hecha con harina de boniato, que además debían tostar de inmediato, porque si lo acumulaban generaba moho, recordarán además que a los becados les retiraban la mitad de su cuota alimenticia de la libreta de abastecimiento-, y una pequeña bolsita con mariquitas de plátano macho -todo un lujo de majar que hacía un recorrido absurdo entre San Antonio de los Baños, donde un primo mío los compraba, Centro Habana, donde se freían, y finalmente Alquízar. Allí terminaron en las fauces voraces de unas ladronas púberes, tras recorrer en total unos 73 Km. Lo peor no fue la pérdida en sí del alimento a duras penas conseguido por mis padres, sino que el hurto ocurrió al inicio de la oncena, con lo cual me esperaban largos días de inanición.

CONTINUARÁ…


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