La ciudad letrada termina en un callejón del Cerro: Luis Manuel Otero en su propia cárcel

…mirando las azoteas de La Habana
como una conjetura más bien triste que alegre,
y allí nos sentamos extrañamente inútiles...

Cintio Vitier.

…los artistas no construyen mediante sus obras catedrales para el ejercicio de la fe. La libertad de las imágenes en el horizonte de la vida cotidiana es concordante con los universos en que aparecen en las obras de los artistas…

Lázara Menéndez.

I. Devenir artista, a modo de credenciales para quienes las exigen.

Conocí a Luis Manuel Otero en 2014, en una de las sesiones teóricas que organizaba la profesora Magaly Espinosa en una salita de la Asociación Hermanos Saíz en el Pabellón Cuba. Un grupo de artistas muy jóvenes, entre los que se encontraba Luis Manuel, acudía regularmente a esos encuentros que la incansable Magaly se empeñaba en fomentar en un paisaje cultural donde el pensamiento teórico sobre el arte fue relegado hace mucho a un apartado rincón, por resultar tan incómodo como las prácticas artísticas que expresan una dimensión crítica ante la realidad política y la profunda crisis de la sociedad cubana. Varios de esos emergentes creadores pasaron luego por casa de mis padres en Centro Habana para mostrarme sus dosieres y platicar sobre sus trabajos, entre ellos el propio Luisma.

Me llamó la atención profundamente la sensibilidad que mostraban las acciones de Luis Manuel para integrarse en el espacio público a partir de códigos naturales en las prácticas populares de la religiosidad cubana, conviviendo de manera armónica con rituales y liturgias cotidianas que discurren en las calles y que atraviesan el territorio de los imaginarios colectivos de la nación y una memoria cultural común. Pero resultaba más elocuente todavía el oficio que ese artista autodidacta evidenciaba en su propuesta escultórica y de reciclaje. Sin lugar a dudas, las “acciones de peregrinación”[1] que realizó como parte de la serie Con todos y para el bien de unos cuantos (2012-2013), sacando a rodar por las calles de La Habana una magnífica escultura en papier mâché de San Lázaro o Babalú Ayé; o intentando recorrer toda la isla con la imponente imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre hecha con el mismo material, se podrían considerar como algunos de los gestos más radicales y certeros de intervención en un contexto histórico marcado por las ilusiones de cambio y mejoramiento. Para mayor complejidad de la propuesta, Otero involucraba a los transeúntes invitándoles a una interacción donde se propiciaban dinámicas relacionales y participativas verdaderamente productivas en términos de afectos y catarsis que completaban el acontecimiento estético[2].

Los perros también van al cielo, de la serie Con todos y para el bien de unos cuantos (2012-2013)

A esas acciones se sumarían otros proyectos no menos pertinentes, donde nuevamente Luis Manuel daría sobrada muestra de su capacidad de reacción performativa a la actualidad económica, política y social de la isla. La práctica creativa de este joven artista ha devenido en un permanente termómetro de las expectativas, ansiedades y frustraciones de los sectores más vulnerables de la población cubana en un escenario histórico incierto, que en la última década ha experimentado rotundos cambios y que ha mantenido al pueblo cubano oscilando como un péndulo cuyo hilo puede cortarse en cualquier momento, haciendo que se precipiten todas las esperanzas de un futuro mejor. Bastaría enumerar acciones como Por un socialismo próspero y sustentable (2013), en la que el artista en ademán carnavalesco intervenía junto a un colaborador en el Desfile del Primero de Mayo, llevando sobre los hombros, a modo de “cabezones”, sendas efigies de Fidel Castro y Hugo Chávez; o el Regalo de Cuba a EE.UU. (2012) con el que obsequiaba a la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana una Estatua de la Libertad povera, hecha de madera y trapos reciclados, que emplazó con carácter efímero en el Malecón frente a la mencionada sede diplomática. Resistencia y reciclaje (2011-2012), llevada a cabo como interpelación al despliegue de esculturas públicas de Louise Bourgeois que formaron parte de una exposición organizada por el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam. A través de esta acción, el artista ubicó frente al edificio de arte universal del Museo Nacional de Bellas Artes —donde antes estuvieron las piezas de la francesa— una paródica y precaria araña que se apropiaba de las emblemáticas obras de la escultora.

La Caridad nos une, de la serie Con todos y para el bien de unos cuantos (2012-2013)

Mención particular merece la instalación Los héroes no pesan (2011), expuesta en la Galería Teodoro Ramos Blanco en la primera exposición del artista. La obra estaba formada por un conjunto de tallas en madera reciclada, conmovedoras y dramáticas figuras antropomorfas mutiladas, desmembradas, amputadas, con muletas, que homenajeaban los cuerpos truncados de miles de combatientes enviados a la guerra en Angola. Dispuestas sobre el suelo de la sala, las esculturas configuraban una procesión doliente de la memoria y el trauma, la evocación de las vidas desechadas por la historia oficial y recicladas en el silencio doméstico de las familias rotas para siempre. El trabajo de Luis Manuel Otero Alcántara ha trasegado continuamente en los relatos históricos, su obra es una permanente interpelación a las narraciones del Estado que edifican los controles biopolíticos sobre las vidas de los ciudadanos, aquello que desde el discurso ideológico administra la experiencia vital de los cuerpos y restringe en el día a día su derecho a la libertad y a la expresión plena.

Por un socialismo próspero y sustentable (2013)

Las obras posteriores, son de mayor conocimiento, desde la performance Welcome to Yumas en la que se travistió en Miss Bienal durante la 12ª Bienal de La Habana en 2015; o la acción Unidos por la Wifi (2015) en la concurrida esquina de L y 23 en el Vedado, en la que Otero realizaba un rocambolesco y paródico streaptease con músicos de rancheras mexicanas para celebrar su aniversario de bodas con una mujer norteamericana; y donde sometía a discusión, una vez más, las interferencias entre espacio público y privado en un sistema totalitario. Cada acción, performance o intervención de Luis Manuel mide en tiempo real las tensiones que atraviesa la esfera pública en Cuba, las reacciones de la gente a las prescripciones del discurso político y la construcción de una respuesta colectiva en clave de adaptación y supervivencia en un tiempo de absoluta incertidumbre y reforzamiento de los mecanismos de control y vigilancia por parte de los órganos de represión del Estado.

Los héroes no pesan (2011)

En el año 2016, bajo la coordinación del Estudio Carlos Garaicoa, Luis Manuel formó parte, junto al dueto jorge & larry y por decisión de un jurado internacional de prestigio, del primer intercambio de artistas en residencia de un programa de colaboración entre el entonces recién fundado espacio Artista X Artista y el Centro de Residencias Artísticas El Ranchito en Matadero Madrid. Fue en ese contexto donde se expuso por primera vez el polémico proyecto Museo de la Disidencia en Cuba, que marcaría determinados giros en la gramática formal y el vocabulario estético de Luis Manuel Otero. Más allá de la valoración sobre dicha propuesta y los cuestionamientos a la investigación histórica y resolución del contenido de la misma, es posiblemente en ese punto de su trayectoria donde encontramos el alcance de una madurez conceptual y política que le aparta de los asideros que todavía tenían los procedimientos objetuales y los componentes carnavalescos de la performance en su práctica. Y es en esa coherente evolución donde las morfologías y los lenguajes de la inmediatez y la funcionalidad del mensaje del artivismo hallan su ruta en una poética que desde siempre ha estado bebiendo en las mejores fuentes y tradiciones del discurso crítico[3].

Welcome to Yumas. Miss Bienal, 12ª Bienal de La Habana, 2015

En 2017, con Néstor Siré, organizó la acción Con todos y para el bien de unos cuantos, que consistió en un sorteo para ganar una noche de alojamiento en el Gran Hotel Manzana Kempinsky, que acababa de inaugurarse en La Habana y cuyo coste elevado es imposible de asumir para cualquier trabajador cubano. De la prohibición de acceso a los hoteles para los ciudadanos nacionales en los años 90 bajo las operaciones neocoloniales patrocinadas por países de Occidente, que sobrevinieron al colapso del socialismo real en Europa del Este, como mecanismo para sortear la orfandad económica en que había quedado Cuba al perder la subvención soviética y del CAME, hemos pasado hoy a la inaccesibilidad que promueve la progresiva liberalización de ciertos sectores de la economía cubana. Y es ahí precisamente donde se hace más evidente la creciente brecha en las oportunidades de movilidad social que padecen los estratos más desfavorecidos de la población. En el mismo lugar, donde además se abrieron varias boutiques de lujo, el artista llevaría a cabo la acción ¿Dónde está Mella? (2017)[4].

Lo que sigue en esta bitácora creativa es una secuencia de mediáticos proyectos que han sido fustigados continuamente por la censura y expuesto a su autor y gestor, junto a muchos de sus fieles y valientes colaboradores, a continuos ejercicios de hostigamiento, reclusión y violencia por parte del Estado. Resonarán en nuestro recuerdo, angustias y desvelos reiterados por la suerte de Luisma, episodios de gran impacto en la opinión pública, que hemos conocido gracias a las redes sociales y a la creciente toma de conciencia de la sociedad civil cubana, que ha encontrado en la inmediatez, la descentralización y la pluralidad de la información contada en primera persona, con voz propia y sin miedo, proporcionada por el aún limitado acceso a las tecnologías, el mejor método para combatir la injusticia del autoritarismo. La #00Bienal (2018), la fundación del Movimiento San Isidro (2018) y la lucha permanente por la defensa de las libertades civiles y de expresión cuya vulneración encarna de modo flagrante el Decreto 349, La bandera es de todos (2019)…

Cada día en la vida del artista Luis Manuel Otero, y de quienes junto a él buscan en la imaginación y la acción creativa directa en el espacio público llevar a cabo la función social del arte, conlleva un crecimiento espiritual como ciudadanos libres. En ese ademán irreverente, de crítica consciente y riesgo, permanece vivo el sentido verdadero de cualquier  fuerza que se pretenda revolucionaria.

Concluiré la primera parte de estas reflexiones con una afirmación, una puesta en valor tan taxativa como inútil e innecesaria a estas fechas, en pleno siglo XXI: Luis Manuel Otero es un gran artista y cualquier intento por negarlo es un gesto tan fútil como ridículo.

¿Dónde está Mella? (2017)

II. El problema de la Institución Arte en Cuba y la censura, una cuestión interseccional (racismo y clase social).

…La cultura de una sociedad colectivista es una actividad de las masas, no el monopolio de una élite, el adorno de unos pocos escogidos o la patente de corso de los desarraigados. En el seno de las masas se halla el verdadero genio y no en cenáculos o en individuos aislados. El usufructo clasista de la cultura ha determinado que hasta el momento sólo algunos in­dividuos excepcionales descuellen. (…) La inteligencia de las masas ejercerá la cultura en todas sus potencialidades creadoras, abriendo la posibilidad del pleno desarrollo del individuo.

Fidel Castro.

Luis Manuel Otero no es como el personaje que describe la canción Mesie Julián, ni goza de los privilegios que ostentan aquellos descendientes de larga estirpe de los artistas afrocubanos de la vanguardia cubana que se codearon en París con los grandes autores del arte moderno europeo. Por el contrario, es un mulato crecido en una calle marginal del Cerro, que ha vivido todas las vicisitudes e inclemencias que su extracción humilde le deparaba como marca de nacimiento. Quizás por eso no tuvo la posibilidad de asistir a una escuela de arte de nivel elemental, a la Academia de Bellas Artes de San Alejandro o al Instituto Superior de Arte (ISA), porque no basta con que el acceso sea libre y gratuito para que la educación sea una prioridad en el seno de aquellas familias empobrecidas que necesariamente tienen que anteponer la subsistencia diaria al ansia de superación y movilidad social. No es suficiente que la educación sea un derecho para todos, cuando no todos pueden disponer de tiempo, espacio y recursos para ejercer ese derecho.

No obstante, posiblemente el sistema de Casas de Cultura municipales que se estructuró desde los primeros años de la revolución fuese lo más cercano a una educación estética y artística que haya podido disfrutar este creador autodidacta. En cualquier caso, en medio de esas circunstancias adversas para su formación, Luis Manuel encontró en el arte un espacio de expresión que le mantuvo alejado de otras formas para sobrevivir en el barrio. El arte le apartó de una vida que podría haber incurrido en prácticas delictivas, de violencia o de prostitución, algo bien fácil para un hombre con su atractivo físico y una personalidad cautivadora. De hecho, he escuchado rumores sobre los prejuicios que en sus inicios dentro del campo artístico cubano esgrimían algunos actores del medio, que le consideraban un “jinetero” advenedizo, precisamente por su gracia natural y por haber surgido de la nada, un amateur cuyo desenfado y desparpajo levantó suspicacias en un contexto viciado por el esnobismo, la hipocresía y las disputas por un lugar de visibilidad y mercado que se reparte desigualmente en unas pocas migajas de reconocimiento moral y bienestar material.

¿Quién era ese cimarrón que no pedía permiso para ocupar un lugar singular en la escena cultural contemporánea cubana y parecía mofarse de todos los rituales auráticos instituidos por el gremio? No estaba avalado por la pertenencia a una promoción de egresados del sistema de enseñanza artística, no era hijo o nieto de algún artista de apellido ponderable y pedigrí intelectual. Por añadidura, sus prácticas performativas lo alejaban de la imagen modélica del negro que ha tenido que convertir su masculinidad en una respuesta reactiva exacerbada frente a la dominación blanca, el estereotipo racial y el colonialismo interno. Luis Manuel Otero forma parte de una generación donde la sexualidad se comprende como derecho y libertad, por eso no vacila en apoyar cualquier reivindicación de disidencia sexual y pluralidad frente al encasillamiento de género y al encorsetamiento heteropatriarcal.

Pero además ha renunciado a convertir su arte en un tráfico de objetos cuyo precio en el mercado puede garantizarle una existencia cómoda llena de garantías materiales, sobre todo en las presentes circunstancias de recesión y agudización de la precariedad. Se ha obstinado en permanecer en Cuba cuando seguramente podría negociar una fácil escapada a cualquier destino europeo o del norte global que le proporcionase una vida más confortable. Ha viajado, ha logrado traspasar las fronteras líquidas de la isla y ha tenido la osadía de regresar para incomodidad de algunos.

Estos párrafos parecen casi un relato romántico en el que el héroe resulta incansable y persiste en su particular Odisea, pese a los muchos escollos que se ve obligado a librar. Sin embargo, dejemos la épica y vayamos a la estadística. Nunca he sido la mayor partidaria de las cuotas ni de los balances cuantitativos en el campo del arte. No obstante, pensando en las recientes declaraciones de algunos funcionarios del Ministerio de Cultura en Cuba, incluso los números se me antojan pertinentes. Al respecto, ha sido harto alarmante la declaración del Viceministro de Cultura, Fernando Rojas, que afirmó que Luis Manuel Otero “no tiene aval artístico”. Así mismo, el artista Henry Eric Hernández en una publicación en Facebook donde citaba fragmentos de una conversación con el Director del Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, Jorge Fernández, contaba que éste había puesto en duda la calidad artística del trabajo de Luis Manuel Otero al tiempo que argumentaba que él y el Consejo Nacional de las Artes Plásticas (CNAP) consultaban el criterio de importantes artistas cubanos para dirimir qué obras y creadores defender cuando surgen casos públicos de notoriedad en los que interviene la Seguridad del Estado. Es decir, que hay una sección VIP en la cual “lo artístico” se esgrime como condición de permisibilidad para el disenso y la crítica. Paradójicamente, una élite continúa detentando el privilegio del arte a seis décadas de haber erradicado la cultura burguesa tras el triunfo de la revolución en 1959.

La bandera es de todos (2019)

En este punto cabe preguntarse si sería igual el trato y el asedio que sufre Luis Manuel Otero Alcántara si en vez de haber crecido en el Cerro lo hubiese hecho en una casona racionalista de Miramar o del Vedado; si sus padres pertenecieran al selecto grupo de políticos, militares o artistas e intelectuales reconocidos por el régimen. ¿Si Otero fuese nieto de alguna firma prestigiosa de la música y las artes de vanguardia del siglo XX cubano, el Ministerio de Cultura le daría la espalda y no intercedería por su libertad ante los órganos de la Seguridad del Estado que lo mantienen bajo coacción y encarcelado? ¿Si su negritud no existiera, el acoso policial al que es sometido permanentemente sería el mismo? ¿Y si Luis Manuel tuviese suficiente dinero y un estatus social que le permitiese ciertas licencias vetadas al resto de la población? ¿Y si todas esas condiciones donde clase y color sí importan y ponen en valor la vida humana fuesen diferentes en el caso de Luis Manuel Otero, dónde estaría hoy su cuerpo?

El grado de irreverencia resulta proporcional a la necesidad de denuncia. La violencia del Estado no se ejerce de igual manera e intensidad sobre todos los cuerpos, vidas y subjetividades. ¿Por qué ha de extrañar la radicalidad y la potencia política de las acciones de Luis Manuel Otero cuando éstas son la respuesta a la persistente violencia y criminalización con que se le trata y se vulneran sus derechos de ciudadanía? La cuestión no es que se le acepte y defina o no como artista, como se ha reclamado insistentemente en redes sociales y numerosos comunicados y manifestaciones de apoyo a Otero, sino que se están vulnerando los más elementales derechos humanos. Pero éste también es un asunto de definición de las funciones del arte en una sociedad donde es precisamente el lenguaje y el lugar de enunciación del discurso artístico, en tanto herramienta crítica, una de las pocas perturbaciones en el sistema.


[1] El entrecomillado pretender enfatizar y remarcar un lenguaje asociado a la esfera artística, si bien estas prácticas discurren en un territorio arte-vida inserto en la lógica y función de determinados procederes y experiencias habituales en la religiosidad popular.

[2] De la serie Con todos y para el bien de unos cuantos (2012-2013): Los perros también van al cielo. El artista elaboró una escultura en papier mâché de San Lázaro o Babalú Ayé. Con ella recorrió las calles de La Habana durante dos meses, hasta el 17 de diciembre, día del Santo, recogiendo limosnas que luego donó a la Perrera Nacional. La imagen de Babalú Ayé fue obsequiada a una familia de devotos.

De la serie Con todos y para el bien de unos cuantos (2012-2013): La Caridad nos une. Obra realizada en colaboración con la fotógrafa norteamericana Tania Lucía Bernard.Acción que consistía en una  peregrinación religiosa  desde La Habana hasta Santiago de Cuba. El recorrido se hacía llevando  una escultura de la Caridad del Cobre realizada en papier mâché. En el trayecto se recogían cartas de peticiones de los viandantes que eran guardadas en el interior del icono, y limosnas dadas por personas devotas de la Virgen. El objetivo era depositar  dichas cartas en la Iglesia del Cobre y entregar el dinero recaudado a una familia de la ciudad de Santiago de Cuba, entonces damnificada por el paso del Huracán Sandy (2012).  El itinerario y el término de la acción se vieron frustrados a mitad del camino, en la ciudad de Ciego de Ávila, donde el artista fue detenido por la policía, que decomisó la imagen de la virgen, el dinero donado y las cartas; y destruyó la escultura por instrucciones de las autoridades políticas y religiosas de esa provincia.    

[3] Basta ilustrar esas referencias con la perfomance del artista Super pijo (2014), una suerte de re-enactment de la acción de Joseph Beuys Cómo explicar las obras de arte a una liebre muerta (Galería Alfred Schmela, Düsseldorf, 1965). En la apropiación de Otero, el artista se somete a un proceso de blanqueamiento pintando su rostro de blanco, alisando su cabello y vistiendo un traje a modo de dandi, mientras con un conejo blanco en sus brazos se paseaba durante la inauguración de una exposición con carácter comercial organizada por el Fondo Cubano de Bienes Culturales.

[4] Puede leerse un esclarecedor análisis sobre la potencia política de esta perfomance en Yissel Arce, “El gesto artístico de Luis Manuel Otero”, en HyperMedia Magazine, 7 de marzo de 2020, accesible online: https://www.hypermediamagazine.com/dosieres-hm/solidaridad-con-luis-manuel-otero-alcantara/el-gesto-artistico-de-luis-manuel-otero/?fbclid=IwAR1QfE87zoMfnSTONbcPsQzYoTvFD8i93DrliVb-zepKEw44RS4Ya4PTN0k

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