Miguel Ángel Salvó: Conversaciones en el intervalo de la pintura

Patriarca, 2018, acrílico sobre lienzo, 30 x 24 cm

¿Cerrar los ojos para ver? Cerrar los ojos para que ante —o a dentro de— nuestros ojos no haya jamás una sola imagen, incluso movida por la lógica de su historia, sino un millón de imágenes asociadas, mezcladas, “golpeándose la cara” unas con otras…

Vislumbres, George Didi-Huberman.

Nosotros [los pintores] nos metemos en un museo a ver a Goya y luego en un Burger King. Todos esos estímulos visuales son los que intento meter en la obra.

Miguel Ángel Salvó.

Imaginemos poder encarnar a Odile, Arthur y Franz, esos tres personajes que Jean-Luc Godard hizo correr a través de las salas del Museo del Louvre en su paradigmático filme Bande à part de 1964. Fantaseemos sobre cuáles imágenes quedarían atrapadas en el recuerdo de esos tres sujetos en su precipitado recorrido a través de la pinacoteca. Qué fragmentos de pintura lograrían insertarse como saetas en sus retinas y traspasar furtivamente los mecanismos selectivos del cerebro para moldear una memoria visual de esa experiencia fugaz en el recinto primado del arte. Juguemos a ser otros personajes en una película diferente que hace una cita de la mencionada secuencia de Godard. Los jóvenes Matthew, Isabelle y Theo que Bernardo Bertolucci sitúa en el tiempo de revolución de Mayo del 68 en The Dreamers (2003). Hagamos un ejercicio semejante pensando qué trayectorias habrán seguido sus pupilas en la repetición de la carrera por los pasillos del museo parisino; y qué retazos de los cuadros que alcanzaron a registrar con su visión periférica, mientras pasaban rápidamente al lado de las paredes, pudieron grabarse en ellos. Esta ecuación que intenta dilucidar la magia de la percepción en esas escenas cinematográficas se complicaría aún más si introducimos las siguientes variables: lo que logran ver los personajes; lo que perciben los actores que interpretan a esos personajes de ficción; lo que ha registrado la cámara; lo que ha sido editado del metraje rodado; lo que alcanzamos a ver en tanto espectadores individuales en los distintos contextos, circunstancias y visionados que hagamos de las películas. Resulta obvio que las combinatorias y posibilidades de enumerar las distancias perceptivas que se establecen entre esas múltiples situaciones de los que miran la sucesión de cuadros en los muros del Louvre son infinitas.

Algo parecido es lo que tal vez podríamos sentir ante la madeja intertextual que conforman las miles de referencias que se agolpan y quedan solapadas en las obras de Miguel Ángel Salvó. Sin embargo, hay algo permanente en su propuesta artística que sondea los profundos misterios de la pintura, ese lenguaje que mantiene su naturaleza esquiva a pesar de que la historia del arte occidental consista, de cierta manera, en su perenne doma. Hace unos días me comentaba Salvó que “la pintura es en sí misma un metalenguaje. La pintura lo que ha hecho siempre es hablar sobre la pintura. Cuando dos pintores se encuentran hablan sobre la pintura. Los pintores están obsesionados con una superficie. Evidentemente es un metalenguaje que habla de la representación y de su época”. Quizás por ello en los lienzos de este artista se consuma la invocación de la historia de la pintura misma, porque él es un erudito que conoce a la perfección los entresijos del oficio del pintor, y no solo sus secretos técnicos, sino también la vida de los pintores. Salvó es un citacionista, un apropiacionista que deglute la historia del arte para vomitar sus residuos en la tela en blanco. Por ello sus composiciones contienen una narración que les excede y que hay que rastrear en el número ingente de pistas que el artista va dejando en la obra, ya sea en la profusión iconográfica que inunda la superficie del cuadro —y donde ciencia, ideología, religión, metafísica, filosofía, teoría política, historia, literatura, arte, etc. se tensan en un laberinto de discursividad­— o en la escritura que garabatea a modo de grafitis las escenas representadas.

Cualquiera de esos fragmentos reconocibles es la punta del hilo del que podemos tirar para orientarnos en esa arquitectura barroca que constituyen los cuadros de Salvó. En éstos, la estructura laberíntica se construye mediante la superposición de capas de pigmento tras las que se van escondiendo escenas, relatos e ideas donde la pintura es objeto de análisis en tanto lenguaje y tradición, pero también sirve de pretexto para hablar de maneras de representar y observar el mundo. En el centro de ese caos de colores y texturas, si nuestra mirada vaga durante suficiente tiempo por la superficie del lienzo e intenta penetrar más allá, detrás de los empastes, tal vez encontremos el espectro del artista, dando tumbos en medio de sus dominios, como un minotauro enclaustrado. Confiesa Salvó que es un pintor al uso, ya que pasa demasiado tiempo en el estudio encerrado y que casi todo su contacto con el mundo es a través de Internet. En ese sentido, una pregunta fundamental para él estriba en cómo la pintura puede competir con la inmensidad de la cultura visual de nuestro tiempo; y a qué se enfrenta hoy lo pictórico, pues ya no se trata solo de mirar hacia la historia del arte, como lo había hecho tradicionalmente el medio, sino que tiene que lidiar con la avalancha visiva que propone el diseño de la realidad multimedia en el presente y cómo se abren todas esas ventanas en la pantalla de nuestros ordenadores y demás dispositivos digitales. 

Trineo con perritos siberianos, 2019, acrílico sobre lienzo, 64 x 38 cm. Imagen cortesía del artista

Confieso que he pasado muchas horas observando los cuadros de Miguel Ángel Salvó, y mientras más los miro, más incapaz soy de recomponer los relatos entrecruzados que contienen. Apenas puedo seguir huellas borrosas que pasado un rato terminan difuminándose para devolverme a la incertidumbre y el reto de pensar estas obras. Quizás, más allá del consuelo que deja desvelar ciertas imágenes y narraciones, lo mejor sea deleitarse con la hechura virtuosa de estos lienzos donde advertimos el rigor de una formación académica que es burlada en los ademanes expresionistas y la emulación bad painting. Esta es una pintura que se burla de sí misma, que se convierte en titular de prensa rosa, en chiste, en meme. ¿Acaso es una pintura hecha para pintores?, para ser vista y comentada con aquellos que entrenados en el oficio del pintor pueden regodearse en una suerte de contemplación que tan solo los iniciados logran disfrutar a cabalidad. Son los pintores los que quedan interpelados en el proceso pictórico de Salvó, quien elabora el cuadro atendiendo a cánones clásicos y de ordenación de la composición en base a reglas como la proporción áurea, diferentes tipos de perspectiva, etc. En ese procedimiento de planteo escrupuloso y ortodoxo del cuadro, con respeto estricto a los códigos de la academia, el artista hace alarde de maestría, para posteriormente mostrarse irreverente y crítico, embarrando y rompiendo cualquier fundamento de la forma que permanezca atado al canon. Al respecto, me gustaría citar un fragmento de un correo electrónico enviado por el artista donde queda descrito este tipo de metodología y se enfatiza la complejidad constructiva de estos cuadros, en este caso refiriéndose a la obra Trineo con perritos siberianos (2019, acrílico sobre lienzo, 64 x 38 cm):

He atiborrado más el relieve. He dividido el espacio en tres acudiendo a la forma en que Holbein lo hizo en Los embajadores [Hans Holbein, Los embajadores, 1953, National Gallery, Londres]. Abajo el “hueso hueco”, que en este caso es de caballo. Al medio, el plano terrenal con una bola del mundo con Cuba, y arriba lo celeste con el torquetum y la alusión al argumento Kalam que defiende William Lane Craig, cuyo retrato está debajo. Lo otro es la referencia a la cacería del jabalí de Velázquez [Diego Velázquez, Cacería de jabalíes en el Hoyo, s.f., Museo del Prado, Madrid]. Bueno, en tono crónico, el jabalí es siamés con un avestruz y hay un texto que habla del jabalí siamés de Durero. (…) Te mando dos imágenes de un cuadro empezado para que veas el proceso de palimpsestos, luego de trabajadas estás formas tacharé muchas, dejaré ver otras. Trazaré nuevas líneas áureas y enfatizaré otras, adicionaré más textos, el sedimento será un sucio y mal pintado simulacro de pentimento con mi bestiario: el lobo de Caperucita, la gata de Lagerfeld, avestruces, jutías, perros husky siberianos que cría con devoción Raúl, etc.

El vestido rosa de Ann Lowe, de la serie Jornadas de la caza del avestruz, 2019, acrílico sobre lienzo, 50 x 60 cm
Imagen cortesía del artista

Para el resto de espectadores, la obra de Salvó nos reserva otros placeres y escaramuzas.

En la serie Jornadas de la caza del avestruz (2019), que conforma la mayor parte de los cuadros que se pueden ver en esta exposición, aquellos que decidan permanecer frente a las piezas suficiente tiempo, tal vez comiencen a trazar puentes que les llevarán de una obra a otra del conjunto. Salvó abandona por momentos el ropaje críptico de sus lienzos para dejarnos pequeñas migajas de referencialidad que nos seducen y retan a la re-escritura de un relato. En esa yincana divertida que nos propone el artista, reconoceremos las influencias historicistas que permean su iconografía, y que nos transportan desde la vanitas barroca y la carga alegórica de los objetos y animales representados en ese género pictórico hasta la sobreabundancia de estímulos de la red en el presente. En la superficie del cuadro habita entonces un bestiario que alterna entre la ficción y la realidad: los avestruces y las jutías con la promesa ditirámbica de una dieta de proteínas para el cubano hambriento. Ese animalillo indefinido de los dibujos animados rusos llamado Cheburashka. El perro de Protógenes, el lobo de Caperucita; halcones hispanos, los jabalíes de Durero. El cachorro de oso que obsequiaron a Fidel Castro en un viaje a Siberia en 1963 y que murió al poco tiempo bajo el calor sofocante del trópico. Un pavo extraído de un bodegón de 1627 de Pieter Claesz. Choupette, la famosa gata de Karl Lagerfeld. Un husky siberiano que según se rumorea es la mascota de Raúl Castro. La vaca Rufina, que murió impactada por los restos de un cohete estadounidense en pleno apogeo de la carrera espacial durante la Guerra Fría; o el toro Rosafé Signet, comprado a los canadienses por el gobierno cubano para desarrollar un absurdo plan de inseminación masiva que proveyera de leche a toda la isla. Y hasta el pajarito azul de Twitter se cuela en los lienzos de Salvó para chismear y poner en circulación las historias.

Contemplando tan variopinta fauna podríamos comprender lo inconmensurable de ese mundo abigarrado y confuso que esconden los cuadros de Salvó. Las historias detrás de ese animalario son hasta tal punto rocambolescas que terminan desdibujando los límites entre el relato histórico y la ficción. Por si fuera poco, a ese desfile se suma una galería de personajes de la vida pública, políticos, teólogos, científicos, historiadores, personajes literarios y de los imaginarios de la historia del arte, los nombres se agolpan y con ellos los esquemas de representación, discursos e ideologías que cada uno encarna. El debate estético recogido en estas telas atraviesa la disputa por la perfección de la línea y el estilo entre Apeles y Protógenes que describe Plinio el Viejo, recorre la obra de Brueguel, Jan van Eyck, Velázquez, Durero, Sánchez Cotán… Las preguntas ontológicas y metafísicas acerca del universo pasan de un cuadro a otro en boca de Paul Davies, Stephen Hawking, John C. Lennox, Frank Turek, o con William Lane Craig enfrentado a Christopher Hitchens… La política y el mercado declaran sus complicidades y el presidente del gobierno español Pedro Sánchez se sienta a conversar con el magnate George Soros. Rocío Monasterio hace su interpretación particular del feminismo. El asesinato de Kennedy sigue convocando especulaciones. Kim Jong-il es un melómano obsesionado con Elvis Presley… Esta pasarela entre el presente y el pasado incluye al primer cosmonauta Yuri Gagarin; a la diseñadora afroamericana Ann Lowe, que Jackie Kennedy olvidó mencionar cuando le preguntaron quién había confeccionado su vestido de novia; al Papa Francisco… La lista de personajes de ficción e históricos que deambulan entre estos lienzos sería interminable de enumerar, como mismo resulta imposible definir hacia qué género pictórico tradicional de la historia del arte se inclinan las obras de Miguel Ángel Salvó.

Choupette in Havana, 2019, acrílico sobre lienzo, 81 x 75 cm. Imagen cortesía del artista

Un recorrido por la sala de exposiciones nos mostrará una galería de retratos. Pero ¿son retratos? En cualquier caso, no son solo retratos. ¿Estamos frente a una pintura de historia? Tampoco sería solo pintura de historia. Parece absurdo cualquier intención taxonómica bajo categorías canónicas de la historia del arte entrando en la tercera década del siglo XXI. Sin embargo, hay en esta serie un voluntad retratista que se afirma en el minucioso acabado de las figuras monocromas situadas o bien en el centro de la composición o en puntos focales primados del cuadro, acentuadas además por la escala redimensionada en relación con las otras escenas que les rodean (algo que también recuerda ciertas soluciones de énfasis narrativo en la pintura de historia decimonónica). Comentaba recientemente Salvó acerca de su interés por el retrato: “Vivimos en un tiempo donde la individualidad de las personas se está difuminando, se está intentando borrar la conciencia de las personas sobre cuál es su naturaleza individual”. En esta feria de las vanidades, nuestra subjetividad queda entrecomillada con un like de Facebook, un emoticono de carita sonriente o una simple caca de WhatsApp.

En definitiva, lo que debería importarnos cuando nos situamos ante la obra de Miguel Ángel Salvó, no es lo que aprehendemos con certeza en esa superficie profusa que estructuran las imágenes en ella; sino el movimiento sinuoso con que es alentada nuestra mirada. “Nunca revelamos mejor nuestro deseo que cuando nos bifurcamos desde la vía directa hacia una vía transversal”[1]. Es tal vez ese tránsito anárquico entre lienzos, como el revoloteo aparentemente errático de una mariposa, lo que nos conecta con la forma de una espiral que se adivina en la cáscara dorada de un limón a medio pelar (Rocío, 2018, acrílico sobre lienzo, 75 x 54 cm); que luego nos lleva a una cita amanerada de un bodegón de Pieter Claesz (Choupette in Havana, 2019, acrílico sobre lienzo, 81 x 75 cm), y de ahí a la representación gráfica de la teoría sobre la espiral del silencio en el campo de las ciencias política y la comunicación, definitoria para comprender las formas de control social en un episteme híper mediatizado (Paul Bunyan vs Kim Il-Elvis, 2019, acrílico sobre lienzo, 40 x 50 cm).

La visión es impelida a una deriva sobre el lienzo en la que emergen relaciones sintácticas y discursivas; pero sobre todo, ahí aflora el proceso mismo a través del cual se despliega nuestra percepción como una forma de mirar el cuadro, pero en la que básicamente se declara una personal manera de estar y habitar este mundo complejo y sobresaturado de ilusiones vagas. Quizás por ello regresa Salvó a la vanitas del Barroco para hablar de una fragilidad primordial. En vez de aprehender las imágenes, lo sensato sería desaprender lo que conocemos de ellas y así desconfiar de sus engañosos cantos de sirena.

En los cuadros de Miguel Ángel Salvó emerge una descripción de la situación global en la que vivimos, de su contexto local, de sus viajes entre Holguín, La Habana y Mallorca; de las tradiciones artísticas en las que se ha formado, de las pinacotecas que ha visitado y de las imágenes sobre las que ha hecho zoom a golpe de clic en un ecosistema digital resguardado por la intimidad de su taller. En su obra el pigmento devora la forma, asistimos a la “disolución del mundo visible cuando se lo mira demasiado o demasiado bien”[2].

Rocío, 2018, acrílico sobre lienzo, 75 x 54 cm. Imagen cortesía del artista

[1] Georges Didi-Huberman, Vislumbres, Shangrila, Asturias, 2019, p. 27.

[2] Ibíd., pp. 52-53. Las cursivas corresponden al autor.

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