Miguel Ángel Salvó: Conversaciones en el intervalo de la pintura

La visión es impelida a una deriva sobre el lienzo en la que emergen relaciones sintácticas y discursivas; pero sobre todo, ahí aflora el proceso mismo a través del cual se despliega nuestra percepción como una forma de mirar el cuadro, pero en la que básicamente se declara una personal manera de estar y habitar este mundo complejo y sobresaturado de ilusiones vagas. Quizás por ello regresa Salvó a la vanitas del Barroco para hablar de una fragilidad primordial. En vez de aprehender las imágenes, lo sensato sería desaprender lo que conocemos de ellas y así desconfiar de sus engañosos cantos de sirena.

Miguel Ángel Salvó en la encrucijada de la pintura

La naturaleza de accidente del cuadro es referida por Miguel Ángel Salvó al hacer uso del concepto de “pentimento”, es decir, aquellas alteraciones en una obra que ponen en evidencia los sucesivos cambios en la idea de un cuadro que experimenta el artista en su proceso creativo y sobre el contenido y la forma misma de lo que representa. Esos “arrepentimientos” en los que se traducen las incertidumbres de la creación y del pensamiento artístico en lo relativo al lenguaje propio de la obra, a sus contenidos y al modo en que el artista en tiempo real atraviesa el desasosiego de la creación en consonancia con la percepción de un determinado objeto estético y de la realidad.

Post-Pop-Post… Post-transvanguardia Tica

Cuando John Paul Fauves cita a Matisse, La Danza se baila al compás de Bowie. Un ratón se trasviste con piel de lobo y su aullido recorre las calles de una ciudad donde se hacinan los cuerpos en el after. El cubismo de Picasso atraviesa los labios de todas las señoritas que puede retratar este artista iconoclasta. En sus obras se condensa cualquier posibilidad de manierismo. Van Gogh recupera su oreja para que el cromatismo se convierta en sinestesia, para escuchar los acordes de la abstracción y el grito de Munch. Toda búsqueda del tiempo pictórico, de la historicidad del lenguaje, queda constreñida en el instante caricaturizado y kitsch que marca un GIF. Solo ese momento, el segundo que dura la animación, señala la deriva temporal, el retorno a la historia.

También con la mirada de Ulises: convivir con los fantasmas de la pintura en algún lugar

En La mirada de Ulises (1995), el simbólico filme -intertextual y metacinematográfico- de Theo Angelopoulos, el cine aparece como reducto documental de la historia, preocupado por una mirada originaria, nacional, ontológica. Pero en sí misma la película se torna una narración disruptiva, fragmentaria, cíclica, llena de fricciones, tensiones y silencios; donde la imagen termina siendo invadida por la bruma, una niebla espesa que cubre todo, como una memoria velada, tal vez como imposibilidad del relato. Ese cineasta que encarna el prototipo del héroe homérico reificado, que viaja sin descanso en busca del sentido del lenguaje a través del cual se expresa -el cine-, sucesivamente exiliado, expatriado, sin lugar, podría ser el sujeto que habita más allá de la apariencia de desolación en los cuadros de Gustavo Acosta. Pero también se nos antoja que podría ser el propio artista bajo el sino trágico que conlleva pensar, construir y representar a través de la pintura, en definitiva, la resistencia de lo pictórico como elección hoy. Tal vez sea el pintor el último héroe al que acechan los monstruos modernos y posmodernos en medio de los estertores de una tradición que continúa dando coletazos y alaridos tras sucesivas declaraciones de muerte.

Tetsuya Ishida. Autorretrato de otro

Tetsuya Ishida. Autorretrato de otro / Tetsuya Ishida. Self-Portrait of Other, organizada por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía con la colaboración de Wrightwood 659, es la primera gran exposición monográfica que se realiza fuera de Asia de este artista japonés fallecido prontamente en 2005, cuando contaba apenas 32 años de edad.