2003_Tania Bruguera

729092 bolsas de Historia.

 

…percibí con claridad el proceso de devolución al contexto primigenio, de una cultura totalmente autóctona, robada y re-empacada para ser consumida por sus originarios productores bajo el disfraz de una cultura importada.

Tania Bruguera. (Proyecto de la obra Poetic Justice).

 

Ni siquiera fueron invitados a tomar el té, a pactar el olvido –si olvidar fuese posible-, justo a esa hora mítica en que día tras día se consuman las orgías del pasado, las orgías del Otro. Lo peor, es que los Otros celebran el ultraje enarbolando los vestigios usurpados a la cultura de ellos.

Ella tampoco fue invitada a un pacto con el olvido en su propia tierra, en esos años en que supuestamente se realizaban las utopías. Lo terrible era que esas utopías no le pertenecían por completo, que no eran las suyas. Mas ella no anhelaba el pacto: de haberlo, éste sería precisamente con la memoria, con aquella que posiblemente no permitiría que fuese a olvidar su verdadera historia.

De cualquier modo, ella / ellos, estaban condenados al más fatal silencio. Ese silencio en medio de la voz que emerge desde la resistencia y se convierte en eco fragmentado, casi inaprensible. Porque ya nada puede hacer para dar un vuelco a la Historia, a lo que ha sido y les ha legado, sobre todo a ellos, que no tuvieron derecho a su escritura. Toda responsabilidad quedó relegada a un espacio acotado por la imposibilidad del cambio, a los precarios márgenes de una descripción y una denuncia que también funcionan dentro de la lógica de permisibilidad del Poder. Una certeza existe en la construcción de esta memoria poscolonial: la reafirmación y la auto-representación sólo adquieren sentido frente a la diferencia.

Ahora, el prístino sabor, el propio, les es devuelto a través de la in/comprensión del Otro, ha adoptado la imagen de un modelo tan moderno como occidental. Un esquema cuyo orden estructural no concibe la libertad del gesto que subyace en la negación de las taxonomías, que no puede entender un mundo en fuga, que escapa de las cartografías estrictas. Cada bolsa de té, cada medida que administra las operaciones de una economía global, cada sabor no experimentado cada día y a la misma hora sobre una mesa con forma de mapa, un escenario donde se ritualiza a diario la Historia, se transforman en discursos sobre la propia Historia. Una Historia re-escrita, constante, cuyas operaciones han sido instrumentalizadas más allá de categorías como tiempo y espacio; cuya escritura se identifica con la rúbrica nítida del Poder. Al final, esos discursos volverán a encontrar, hasta el cansancio, las mismas imágenes repetidas por doquier, mudas testigos del ultraje de la Historia. Cada día, el ritual vuelve a ser ejecutado con la precisión de un intérprete que aprendió de memoria la partitura, una escenificación tan perfecta como mecánica, sin riesgos, sin alma. Un monólogo en el que se reconforta cada uno de los que se han sentado otra vez a beber té, cada cual en una posición fija a un lado y otro de la mesa, un sitio que no cambia y en el que degustan su soledad.

Historia y vacío: distorsiones interesadas, narraciones erráticas, hurtos, apropiaciones, manipulaciones, paisajes sin sentido. Textos atemporales leídos hoy con cierto consenso, incluso aquel  casi efímero e imperceptible que puede lograrse en medio de la diferencia. El mito se alimenta de la paradoja que constituye la Historia, el origen se torna borroso, casi desaparecen sus huellas. Siempre volvemos al punto de partida, a ese lugar en el que nos han enseñado a simular, porque allí encontramos las cosas que se han normalizado y hecho cotidianas, resultado de su reproducción y de su consumo. En este tablero de juego de poscolonialidades y globalizaciones, mantenemos la extraña convicción de una resistencia que habita en el lenguaje, una creencia en que lo que vemos, oímos y sentimos, a pesar de su sobre-dimensionada “realidad”, no deja de ser artificio.

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