2004_Mario Miguel González

Varados en el Kilómetro 0.

 

Me puse en marcha la víspera del nacimiento del milenio nuevo. El mundo no era ya un sitio confiable: no, al menos, la porción que conocía. Cada hecho, cada certeza devino un objeto de múltiples puntas, y por cualquiera de ellas podía ser aferrado. Sólo que ya nadie tenía deseos de esgrimir un hecho o una idea: la molicie y el pragmatismo cínico campeaban al fin del milenio. Asqueado, partí sin plan ni itinerario, deseoso tan sólo de que la nueva era me alcanzase en el camino.

Eduardo del Llano, Los viajes de Nicanor.

 

Casi todas las narraciones históricas y míticas, especialmente aquellas que han sido resultado del pensamiento occidental, recogen pasajes referentes a éxodos, migraciones, períodos de tránsito y desplazamiento; en fin, de viajes de ida y vuelta, de escape o regreso, que ocurren tanto como proyecciones del hombre hacia lo que le rodea, o en relación con su subjetividad. De hecho, es posiblemente una condición natural en el individuo, al menos en muchos seres, el que persevere una voluntad de movimiento como manifestación de una perpetua búsqueda o mutación. Y es una perogrullada acotar que en espacios insulares ese ánimo de traslación se convierte, las más de las veces, en sino de la existencia.

No ha de extrañar entonces que las primeras obsesiones de Mario Miguel González por la creación, le hayan conducido, precisamente, a ese terreno de difusos márgenes que evoca la figura del viaje como metáfora de un sujeto que vive inmerso en los tormentosos devaneos por trascender las fronteras de un minúsculo espacio al que ha sido dramáticamente confinado. Desde aquellos primeros lienzos plagados de iconos harto reconocibles, y fácilmente asociables al motivo del viaje, como la maleta, transfigurada simbólicamente en contenedor de expectativas y anhelos secretos, metamorfoseada según la alusión directa al sujeto que representaba, tomando formas disímiles para trascender la mera morfología del objeto; comenzó Mayito a deconstruir las estructuras mentales que en él constituía el viaje como referencia. No en balde tales indagaciones, en apenas un año, le han hecho hurgar en disímiles maneras de representar la infinidad de alusiones que genera el viaje en tanto pretexto para discursar sobre la condición humana, y, porqué no, de su misma condición. Y quede claro que en estas obras el viaje es sólo eso: pretexto.

Pretexto para dialogar sobre el sentido de una inmovilidad permanente que se cierne sobre el individuo, en la mayoría de las ocasiones no por su propia voluntad, sino por vivir inexorablemente sometido a los mecanismos de control y vigilancia que el Poder, en sus múltiples ramificaciones, despliega sobre el sujeto. Punto a partir del cual configurar un imaginario utópico en cual no se buscan ni siquiera destinos posibles, porque se posee la certeza de que no existen metas alcanzables que logren mitigar la ansiedad provocada por un continuo deseo de evasión. De modo que para Mayito es preferible sublimar el desplazamiento o el tránsito como figura utópica, más cuando ellos mismos se han convertido en una quimera contra natura  que nos condena a una permanencia asfixiante.

Primero, todavía atado a la impronta de la figuración, en sus obras las señales de los aeropuertos indicaban la esperanza de una fuga que devenía, de algún modo, conclusión sociológica sobre las especificidades de un contexto -como el cubano- abrumado por la presencia de la emigración como metarrelato de una agonía histórica. Interesante resulta el hecho de que este artista se haya percatado de los síntomas sociales que traducen un cambio dentro de las estrategias del éxodo: él mismo ha advertido que la emigración cubana ha variado radicalmente en una década, sus técnicas y morfologías actuales describen el nivel de sofisticación que al respecto han alcanzado el individuo y sus sueños escapistas. Una obra como “Permiso de Residencia en el Exterior (PRE)”, se convierte en alegato irónico hacia esa realidad paradójica donde un motivo de la ilegalidad revierte sus estructuras como signo de prestigio social. Entonces, las maneras de narrar esas inquietudes no pueden seguir aferradas a una iconografía facilista, estereotipada, que apela al recurso del dramatismo para efectistamente construir un discurso sobre la emigración exacerbando una figuración donde pululan balsas, soluciones precarias y tensas. Por suerte, las visiones de Mayito han logrado, sin reducirse al tema migratorio, aportar frescura e inteligencia a un referente que en estos momentos ya forma parte de las retóricas manidas del arte contemporáneo.

Un segundo momento en sus exploraciones, cuando ya tuvo la certeza de la inmutabilidad, de estar dando vueltas en circulo sin que el trayecto resquebrajara el encierro, sus lienzos reforzaron la abstracción, y aumentaron sus dimensiones para tornarse inmensos laberintos. Esa sensación de enclaustramiento fue extendida entonces a todo referente posible. Espacios y tiempos devinieron figuras de una prisión omnipresente que confina toda voluntad humana al laberinto infinito de la Historia, la cultura, de toda construcción de saber. Luego los laberintos se trocaron en mapas, quizás evocando un paralelismo a todas luces cierto, que indica el absurdo de esas conformaciones geográficas mediadas por el arbitrio taxonómico del hombre, empeñado en aprehender mediante cartografías las permisibles rutas de traslación del sujeto. Otra vez la pericia que existe en medio de la ingenuidad, o al menos en aquellos cuya formación no se aferra al dogma de las academias, hizo que este artista desandara con mucho tino en el tratamiento de esas vastas abstracciones, donde líneas, siluetas, pinceladas y trazos, tejen una geografía borrosa del desplazamiento como ilusión. Es precisamente  en ambos tipos de obras donde Mayito da pruebas de un ingenio colorista que otorga a sus lienzos una armonía cromática despojada de la sacralidad manifiesta en gran parte de la producción abstracta de los últimos tiempos.

El es un discípulo de la observación, y como tal, va aprendiendo a reconocer las trampas y engaños que la misma nos tiende a diario. De modo que reconoce la primacía de sus textos en la construcción de sentido, que desdeña las mañas de los tecnicismos perfeccionistas del oficio pictórico. Obras como “Se va, se va, se va y se fue” y “A sus marcas, listos, fuera”, denotan la importancia del constructo paratextual. Erigido éste sobre la similitud del juego con el viaje, y la paradójica coexistencia del elemento lúdico con la mayúscula tensión que implica la conjugación de las expectativas ante el resultado del juego o la competencia y la certidumbre sobre la posibilidad del fracaso. En resumen, Mayito vuelve a hablarnos de la perversidad con que en muchas ocasiones nos lanzamos a ese juego serio que significa tratar de evadirnos en cualquier caso y circunstancia; nos reitera que precisamente en tanto juego es una ilusión, como pudieran serlo también las mismas barreras que creemos edificadas para restringirnos. Quizás por ello sus obras no nos hablan de un destino previsto, han preferido eternizar el instante del trasiego como búsqueda, como explicación a la neurosis de la fuga. Si conversara con él podría comprender tal vez de dónde provienen esas visiones particulares, resultados  de una noche de deambular por carreteras, de la espera de alguien, o de buscar con la vista una simple maleta. En cualquier caso, a diario nuestras vidas son itinerarios  no trascendentales, un bregar con menor o mayor sentido, una convicción de que cuando hayamos llegado debemos retornar, o al menos volver a tomar un camino.

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