2005_Leslie Sardiñas

El mundo al revés y la edad de la mirada.

 Pues sí: soy huésped de un sanatorio. Mi enfermero me observa, casi no me quita la vista de encima; porque en la puerta hay una mirilla; y el ojo de mi enfermero es de ese color castaño que no puede penetrar en mí, de ojos azules. Por eso mi enfermero no puede ser mi enemigo. Le he cobrado afecto; cuando entra en mi cuarto, le cuento al mirón de detrás de la puerta anécdotas de mi vida, para que a pesar de la mirilla me vaya conociendo. El buen hombre parece apreciar mis relatos, pues apenas acabo de soltarle algún embuste, él para darse a su vez a conocer, me muestra su última creación cordel anudado. Que sea o no un artista, eso es aparte. Pero pienso que una exposición de sus obras encontraría buena acogida en la prensa, y hasta le atraería algún comprador. Anuda los cordeles que recoge y desenreda después de las horas de visita en los cuartos de sus pacientes; hace con ellos unas figuras horripilantes y cartilaginosas, las sumerge luego en yeso, deja que se solidifiquen y las atraviesa con agujas de tejer que clava a unas penas de madera.

Gunter Grass, El tambor de hojalata.

La referencia a un peculiar imaginario infantil en la obra de Leslie Sardiñas, posee un vasto escenario en la escritura crítica. Casi como una bendición –y a riesgo de ser poco transgresora y menos original- la contemplación atormentada de las obras que conforman el paisaje inquietante de Náufrago, me devuelve al engañoso trasiego por el laberinto de la vida y la “realidad”, que fingen inútil y continuamente trascender lo instintivo originario y prístino.

Justamente de esa percepción del baile de máscaras inagotable que constituye la existencia diaria y el bregar cotidiano entre la gente, pudiera surgir esa vocación -que ya no sería descabellado considerar un signo ontológico en la poética de Leslie Sardiñas- por escrutar e incomodar, por desvelar el mecanismo de subsistencia que se halla tras nuestras habituales metamorfosis kafkianas. Como Oscar Matzerath, los personajes que emergen de las obras de Leslie nos realizan un guiño irónico a través de la apariencia infantil que les concede su autor. Sin embargo, los ojos retratados parecen interrogar al espectador con la experiencia y la sabiduría de quien ha vivido mucho y ha aprendido a diseccionar la piel del travesti urbano que casi todos somos. Frente al positivismo con que solemos amparar la resolución de nuestras acciones, surge siempre la sospecha y la duda, la incógnita sociológica sobre la corrección política de las mismas, sobre la percepción del otro. Al final, siempre yacemos en medio del sonido sutil de la incertidumbre en torno a la apariencia de las cosas.

Tal vez sea ese el motivo por el que Leslie despoja a sus “niños” rebeldes, indómitos, de las marcas detectables de una coerción cultural histórica que los convertiría en sujetos reconocibles. La ilusión de lo atroz que recrea la morfología alterada y la deformación expresionista de esos cuerpos, la sosegada violencia implícita en esas imágenes que condensan la espera de un gesto sólo intuido, la boca maniatada para evitar la palabra delatora o cómplice, son apenas algunos indicios de ese otro rostro especular que se va creando cuando las obras de Leslie Sardiñas dialogan con nuestra mirada.

Naufrago, más allá de la alusión fácil a una condición insular postrera e irreversible, metaforiza el sino perenne de un viaje, una búsqueda, de la caída de una utopía y de un volver a empezar. A fin de cuentas así se construye la sinopsis de casi cualquier vida. Indefectiblemente siempre estamos recomenzando, primero emitimos los sonidos guturales que son el prólogo del aprendizaje de un lenguaje; luego andamos a gatas entre tropezones y caídas. De pronto estamos en medio de un contexto diferente cuyas normas punitivas desconocemos y por ende irrespetamos inconscientemente. ¿Acaso conscientemente? La naturaleza irreverente del niño forma parte de nuestra realidad ordinaria, como mismo la intimidación que nos causa el sentido del orden y de la ley en sociedades que se aferran a los esquemas modernos del control y la vigilancia. El castigo al que nos sometieron no ha dejado de estar en la base de nuestros temores, pero también en las apetencias de nuestras obsesiones.

La infracción casual, la irreverencia calculada, la transgresión habitual, se han convertido en el acicate morboso de la particular crónica amarilla que cada uno trata de protagonizar. No en balde, algunos de los referentes formales y líricos más atendidos por este artista se encuentran fuera del ámbito canónico de Occidente, lejos del ethos judeocristiano. De ahí que la convivencia en ciertas composiciones de figuras de infantes y motivos fálicos, extraídos del diapasón instrumental del ámbito de la violencia, no porte un sentido lineal moralista en primera instancia. Es entonces cuando un personaje perfectamente salido del universo fabuloso de Charles Perrault podría esconder una manzana envenenada, o tal vez un corazón extraído con alevosía, sin que por ello sintiese remordimiento. Quizás porque al trocar las censurables acciones de los adultos en juegos “inocentes” de niños, Leslie descubre la falacia de las convenciones sociales que segmentan sus “verdades” correccionales según preceptos que poco atienden a esas otras verdades de los que están al margen de las normas.

Por ello quizás estas obras buscan la seducción en lo aparentemente grotesco de las deformidades, lo irregular y las asimetrías. De algún modo, Leslie conoce esa profunda devoción de los humanos por lo que intentan nombrar como «la belleza», y que continuamente tratan de inventar a través de regodeos especulares de modelos idílicos. Una vez más un artista se empeña en la odisea de enfrentarnos a nuestras trampas, al artificio de la percepción. Una vez más vegetamos como náufragos en medio de la soledad que implica sentir sobre las vísceras propias la incomprensión. De nuevo la imagen fragmentada que devuelve cada obra de Leslie Sardiñas nos hace recordar la narración congelada en la memoria, la visión sobre lo que un día pensamos, lo que somos, o lo que haríamos.

Siempre volvemos a la fábula personal que nos inventamos para resistir en medio de un mundo que sabemos absurdo, que nos devuelve el conocimiento atrofiado y ridículo sobre el individuo que los otros perciben en nosotros, y viceversa. La mascarada, la apariencia simulada, la pose social acomodada a la mirada ajena, esa pasarela de vanidades y disfraces, pasan ante los personajes ansiosos y descarnados de Leslie Sardiñas como una secuencia de acontecimientos en la opera que orquestamos.

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