2006_Vídeo cubano

Desde mediados de la década de los noventa comenzó a desarrollarse en Cuba la experimentación con el vídeo, en esos inicios con el trabajo de Raúl Cordero, quien desde entonces ha estado obsesionado por explorar los límites de la representación a través de ese medio. Con las primeras propuestas en vídeo de este creador, se asiste a una reinvención del lenguaje y el soporte vídeo en condiciones tecnológicas precarias. Su obra primera, resuelta en medio de la precariedad de un subdesarrollo material, apuntaba hacia la importancia de una de las condicionantes básicas para el tratamiento del vídeo, el acceso a su propia tecnología, que de modo general persiste como dificultad para muchos artistas en Cuba, y que ha repercutido en que no sea hasta este milenio cuando se comienza a consolidar el uso del vídeo como medio de expresión dentro del campo artístico cubano. En Reportaje Cordero cuestiona los cánones perceptivos y evaluativos del ser humano frente a la realidad y al arte. A partir de una frase de John Baldessari, se ironiza con el criterio sobre la funcionalidad del arte y se deconstruyen los axiomas creados en torno al rol del artista como productor de sentido. Él pone en precario cualquier noción sobre el «deber ser» del arte al atenerse a la presentación de hechos y escenas de la vida cotidiana cual mero reportero. El registro documental nos sitúa ante la histórica disyuntiva de revisar nuestros esquemas en torno a las definiciones de lo artístico y sus modos de construcción.

En las obras de Humberto & Analía se conjugan experiencias donde es centro el análisis del tiempo como categoría vital, y se emplea el vídeo como soporte para la representación relativa de lo efímero y el cambio. En grupos como ENEMA y 609, la indagación empieza por la utilización del vídeo como medio de documentación de acciones performáticas e intervenciones públicas, en el primer caso atrapando la tensión que rodea cierto tipo de experiencias colectivas insertas en un contexto sociocultural y político como el cubano, en el cual el discurso oficial sobre la unidad se torna dogmático. En el colectivo 609, tratando de consumar una poética dramática en torno al género femenino. Mientras que figuras como Jorge Wellesley van demostrando pericia técnica dentro de la animación; y Glenda León despliega en sus obras metáforas visuales sobre la trascendencia de pequeños instantes aparentemente intrascendentes que llenan nuestra existencia sin que nos detengamos a reparar en ellos, construyendo a partir de esos momentos breves vídeos de un marcado esteticismo.

Junto a esos nombres todavía muy jóvenes, permanecen figuras como Juan Carlos Alom, Luis Gómez, Ernesto Leal, Alexandre Arrechea, Carlos Garaicoa y Manuel Piña, quienes traducen al lenguaje del vídeo una serie de inquietudes que forman parte de poéticas maduras. Habana Solo, de Alom, resulta un homenaje a una ciudad que persiste en ser encantadora en medio de la destrucción y una memoria socavada por la miseria, a un espacio que debe gran parte de su historia a la conformación radical de subjetividades marginadas por los repertorios históricos oficiales; y donde el negro ocupa un lugar primordial en la narración urbana, aún desde el repliegue silencioso al que ha sido confinado por la construcción de estereotipos y las vejaciones históricas. Un solo que sitúa al hombre frente al espacio que le rodea para que improvise sus peculiares modos de habitar un tiempo citadino marcado por el olvido. En Leal y Garaicoa prevalece un interés por cuestionar las narraciones de la historia oficial, en el caso del primero a través de un humor contenido y sutil que deja en sus obras el enigma de una sospecha sobre las estructuras sociales que codifican nuestras acciones; y en el segundo desde la metodología de un arqueólogo de la sociedad y la historia que desvela miradas prohibidas o llama la atención sobre pasajes olvidados, con la elegancia de imágenes preciosistas y utópicas. Luis Gómez lleva a sus vídeos las estrategias metafóricas que son comunes en su obra, para continuar deconstruyendo los axiomas instituidos por la cultura occidental para validar criterios de “verdad” sobre la “realidad”, la Historia y las narraciones legitimantes del Poder. Por otro lado, Alexandre Arrechea desea trasponer el hermetismo con que los lenguajes del vídeo se siguen percibiendo en un contexto como el cubano, de ahí que parte de sus obras pretendan conformarse como arte público para incidir en el imaginario colectivo y reactivar las posibilidades sociales del vídeo como espacio para la comunicación y la incitación a reflexionar sobre nuestros propios mecanismos de percepción.

Obras que abarcan el complejo y polifónico diapasón que encarnan hoy las preocupaciones del arte cubano contemporáneo, y donde el vídeo deviene un medio de expresión más y un lenguaje que posibilita a los creadores enfrentar sus obsesiones y exacerbar la ficción que vuelve a confundirse con la “realidad” misma.

Juan Carlos Alom. “Habana Solo”. Fragmento.

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