2011_Rocío Arévalo

Rocío Arévalo: un mundo a medida.

Cuenta esa voz que emerge como murmullo de un tipo de sabiduría popular, que la acción de medir no es cosa baladí, que debe llevarse a cabo con mucho cuidado, con consciencia de las reacciones que podemos provocar sobre aquello que es objeto de medición, como consecuencia de nuestros errores en el proceso; y con la certeza de que nuestra percepción será indefectiblemente alterada. A sabiendas de que establecer un sistema de medición equivale a una representación de la “realidad”. No obstante, somos animales de costumbres que nos entregamos, tarde o temprano, al deseo de ordenar nuestro mundo, a esa imperiosa necesidad que impele a tratar de organizar nuestra experiencia. Medir es un gesto que posiblemente se origina con el objetivo de aprehender la vida misma, en la utopía de fijar la esencia de una experiencia, en analizar las circunstancias y condiciones bajo las que ésta ocurrió. Para crear una taxonomía que posibilite entender, recordar y reproducir, repetir, volver a vivir. Casi todo a nuestro alrededor es sometido a escrutinio, todo es “medido” y comparado, todo se clasifica y se convierte en variable, a todo se le asigna un valor: el tiempo, el espacio, el cuerpo, la inteligencia, los índices de audiencia, la mercancía que se compra y se vende, los desastres naturales, la radiación, el PIB, la riqueza y la pobreza, incluso se ha querido medir el “alma”. La magnitud es un elemento constante en la investigación científica. Medir es una acción inherente a los procesos cognitivos.

Rocío Arévalo.
Rocío Arévalo.

Retratos: el espacio que ocupa (2010-2011), el trabajo más reciente de Rocío Arévalo, es una serie de retratos que la artista misma define como registros, documentos de la relación de las personas representadas con un contexto determinado, significativo dentro de sus respectivas historias privadas; pero es a la vez un relato sobre la relación de la propia creadora con esos “sujetos medidos”. Acaso, también, un acto afirmativo de auto-representación, que emerge de una condición proposicional más allá de cualquier estatismo y abstracción en la relación objeto-sujeto, sujeto-sujeto, sujeto-representación, acontecimiento-representación; y donde el conocimiento deviene en afecto.

Aquí, el proceso poético se inicia con la performance en la que el “sujeto medido” es invitado a una especie de ritual, un re-enactment a través del cual revisita un lugar, haciendo explícito en el diálogo con la artista el nexo que tiene con ese paisaje singular y las implicaciones que éste tiene en su cartografía personal. Una vez restituida su presencia en el territorio, ocupando el espacio físico que ya habría habitado en el pasado, sobre el participante opera la medición en tanto recurso mnemotécnico y detonador narrativo. Volver a habitar el lugar, volver a ocupar el espacio, es habitar en cierto modo su propio cuerpo escindido en el tiempo, recuperar las huellas de experiencias pretéritas por medio de la evocación y en el esquema dialógico que se establece entre “sujeto medido” y artista. El viaje introspectivo es convocado mediante el simbolismo de una figura giratoria, cada vuelta que la persona da sobre el eje de su propio cuerpo indica una nueva medida, una puesta en valor de la experiencia, tal vez liberadora. Sin embargo, con cada giro, la cinta métrica aprisiona más al “sujeto medido”, le ata, le va envolviendo, inmoviliza su cuerpo, reduce su anatomía a la imagen de una crisálida, a un estado larval, de ensimismamiento, a la contención que augura la catarsis.

Al otro lado de ese hilo envolvente se encuentra Rocío, haciendo evidente la imposibilidad de la auto-medida. El gesto de medir tiene que involucrar necesariamente a otro, en un juego de distancias, alejamientos y proximidades. Un cambio de perspectiva tanto para el que mide como para el que es medido. Al girar sobre sí mismo, él marca una centralidad en el espacio, pero al mismo tiempo, en la evolución de la circunferencia, va distorsionándose una perspectiva única de la mirada que se establece entre ambos sujetos. Ocurre entonces una proyección metafórica del uno en el otro y viceversa.

Rocío Arévalo.
Rocío Arévalo.

La artista ha pedido a amigos, familiares, conocidos, que compartiesen con ella un lugar con un significado especial en la vida de cada uno: Natalia y Marta, amigas y compañeras de trabajo; Adrián y Mario, amigos, músico y diseñador; Bea, una antigua profesora; su madre, Beatriz; Lucía, la hija de una amiga; Francis, Carlos, Carmen, Jesús, Olga, Sabrina, Noemí, José, Gregorio… Todos diferentes, pero medidos con la misma cinta. Una cinta que extendida a lo largo, marcaría siempre la misma distancia entre Rocío y los sujetos medidos. En definitiva, más allá de la confluencia biográfica, nadie puede atravesar o acortar el vacío que le separa del otro, que le condena y ampara en su propia isla. Por más que tratara de acercarse, por más que girase y tirara del hilo con desesperación, cada uno seguiría yaciendo en el mismo punto del mapa, como las isletas de un archipiélago, tan próximas que se observan siempre, pero suficientemente lejanas para que se sucedan los espejismos en los juegos de percepción entre unas y otras.

Cuerpo-larva, cuerpo-isla, cuerpo-territorio, cuerpo-mapa, cuerpo-simulacro. Artista aislada, Rocío-Isla. Atrapada en ella, en su solipsismo, en un tipo de hermenéutica que describe un discurso sobre su propia identidad. Por eso, tras la performance, necesita repasar incesantemente los registros, recomponer cada medición que traducen los vídeos. Tiene que ordenar sus mediciones, porque se está organizando a sí misma. Precisa deconstruir la experiencia en una imagen que restituya el código catártico, otra vez. Medir, ordenar, simplificar y extraer. Volver a componer y vivir, construir las imágenes. Seguir midiendo, porque en la repetición halla las claves de un rito donde se armonizan tiempo y espacio, individuo y paisaje, memoria y experiencia. Llega entonces la etapa del retrato, dibujar deviene en otro gesto de medición, desprovisto ya de instrumentos accesorios. No en balde recurre la artista al retrato, género maldito, tan odiado como querido. Pero en esta serie de retratos, Arévalo simplifica la representación, prescinde del detalle, no hay un tratamiento mimético del personaje representado; incluso le extirpa de su contexto, arrancándole del paisaje reconstruido a través de la performance. Le despoja de su biografía y del mapa dialogado que se pactó durante la liturgia de la medición. Pareciera que el dibujo es un capricho después de la fotografía y el vídeo. Sin embargo, radica precisamente ahí el último intento de proyección identitaria, la partida final de un juego de reconocimiento y miradas cruzadas.

No he preguntado a Rocío Arévalo el resultado de sus mediciones. Obviamente tampoco hace falta, sería una pregunta tan inútil como su respuesta, si existiera respuesta alguna. ¿Qué es la medida justa y qué la justa medida?

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