2013_Alicia Juan Lobato

Generación 1.0: Alicia Juan Lobato en la disyuntiva de las imágenes

En tiempos de globalización, en los que las industrias culturales, bajo un régimen concentrado de convergencia digital, organizan las diferencias y tienden a ignorar la desigualdad, la relación entre los grupos y entre las naciones parece reducirse al estar conectado o desconectado. Si no se puede conseguir conectarse o integrarse a través de estructuras formales, la informalidad en el trabajo y en el consumo, en el acceso a los medios y en la ocupación del espacio urbano, se vuelven “normales”. Las polémicas entre el énfasis antropológico en la diferencia y el énfasis sociológico en la desigualdad se ven obligadas a abrirse a los estudios comunicacionales sobre conexión y desconexión…

Néstor García Canclini, Las nuevas desigualdades y su futuro.

Las primera obras que conocí de Alicia Juan Lobato fueron fotografías de lugares, espacios abandonados o deteriorados que no llegaban a ser ruinas, pero donde se respiraba la densidad de un tiempo consumido, de las vidas y las historias que habían habitado esos interiores años atrás; o la huella de alguien que recién acababa de pasar por allí y cuya presencia era perceptible todavía, como una sutil fantasmagoría, en el vaho de un cristal o en la taza con un fondo de café que por las prisas no se convirtió en el último sorbo. Ante la imagen de esos sitios de hermosa vetustez, silenciosos e inalterables, me atormentaba la curiosidad por el relato de las muchas escenas que allí habrían acontecido, de las historias de vida consumadas entre sus muros; o poner rostro a aquellos que fueron sus moradores y los dejaron tal cual en un momento determinado. Ese instante lejano -tal vez no tanto-, cuando se dejaron los objetos en un sitio, una persiana medio bajada, los platos en el fregadero, dispuesto el escenario para la fotografía que la artista tomaría años después, traduciendo en imágenes la narración de algo que ocurrió mucho antes. Un ritual cotidiano y privado fuera del alcance de la lente, sin conciencia de su potencial como imagen.

Ya en esa serie anterior, My Home (2010), Juan Lobato se preocupaba por la percepción alterada que de esos lugares de memoria se podía tener a través del uso de herramientas y recursos de Internet, introduciendo entonces una reflexión sobre el impacto de las tecnologías en la neutralización de los significados de las imágenes. Llamaba la atención sobre las traducciones alteradas y los equívocos que la recodificación de la vida como una imagen consumida a través de las pantallas puede dejarnos de algo que, incrédulos, todavía llamamos “realidad” a estas alturas del siglo XXI. Justo ahora vuelve la artista con una exposición cuyo título deviene una metáfora de la incomunicación en la contemporaneidad. Generación 1.0 es una serie de retratos de personas mayores, una galería de rostros surcados por el tiempo y la experiencia, gente con canas y arrugas, pero con una sonrisa espontánea, natural y sin artificio, dibujada en la comisura de los labios. Sujetos que ya están de vuelta de cualquier batalla de la existencia, acomodados a un ritmo en el que la vida discurre con la elocuencia del sosiego y donde el brillo de la mirada resulta un guiño a todo el conocimiento encerrado en esos cuerpos de andares menos rápidos y menos pretenciosos a los que no asusta la palabra “crisis”.

La artista refiere que este trabajo trata de reflexionar sobre las situaciones de incomunicación intergeneracional, y para ello apela a esa definición de 1.0 como irónico cuestionamiento a los modos en que nos relacionamos hoy con el conocimiento a través de la Web 2.0, participando en circuitos de circulación de la información aparentemente más democráticos, en los que podemos intervenir como emisores de mensajes, a la vez que transformar el saber compartido. Canales y plataformas como redes sociales, wikis, blogs…, que han transformado nuestros paradigmas de comunicación y el lenguaje mismo, así como el modo en que compartimos el conocimiento a través de Internet. Sin embargo, también le interesa enfocar la mirada hacia grupos al margen de las multitudes de usuarios de estos sitios, para hablar de espacios de excepción en los que la comunicación sigue otras derivas y acontece cara a cara, conservando algunas prácticas de interacción donde la presencia del cuerpo y la voz del otro adquiere una dimensión física. Por ello se va fuera de las grandes ciudades, de las megalópolis en las que el tiempo se consume a base de “click & touch” y donde la imagen deviene el testimonio fugaz de la acción humana y no el pretexto para el relato y el diálogo con el otro, para el disfrute de un ritmo menos frenético en la barra de un bar, en el banco de la plaza mayor, a la sombra de un árbol en el parque, o en el salón de la vivienda familiar.

En este conjunto de obras, las imágenes recogen el retrato en primer plano de decenas de personajes, caras que uno reconocería con placer si se detuviese a conversar en la esquina de una calle cualquiera de pueblo. Posiblemente ese gesto de detenimiento y escucha ha sido el origen de este proyecto fotográfico, dando continuidad a una metodología que parece ser habitual en el proceso de investigación artística de Alicia Juan Lobato, y que ya era evidente en el proyecto de su Trabajo Fin de Máster (La imagen como elemento colectivo de identidad vulnerable en la sociedad del siglo XXI: el prostíbulo como universo ajeno, Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Bellas Artes, Máster Universitario en Investigación en Arte y Creación, 2012): la búsqueda del otro y la construcción del relato escamoteado por la imagen a través del diálogo y la experiencia antropológica. Al respecto, esta creadora ha confesado que está particularmente preocupada más que por la exterioridad y lo explícito de las imágenes, por lo que ellas ocultan. Precisamente, si nos tomamos el tiempo necesario para escrutar los rostros de esta galería de retratos, podemos intuir que hay mucho más conocimiento encerrado en los gestos de estos sujetos que lo que logra reflejar la cámara, el encuadre o el fondo borroso de un paisaje o un interior. Una mujer mayor que se está maquillando y cuya imagen es devuelta por un espejo, plantea quizás muchos más interrogantes filosóficos sobre la percepción del tiempo y el cuerpo, la construcción de la mirada propia y el autorreconocimiento, que  la contemplación extasiada de la belleza temprana.

El retrato generacional 1.0 constituye, tal vez, una declaración frente al silencio y el olvido, un ejercicio de memoria. A través de esas imágenes anónimas, capturadas a pie de calle, hablan aquellos que se enfrentan día tras día al desplazamiento de su lugar como ciudadanos, en un contexto en el que paradójicamente se crea un abismo intergeneracional mayor con el lógico incremento de la esperanza de vida en las sociedades desarrolladas. Resulta inevitable la brecha tecnológica que separa a los que nacieron a mediados del siglo XX o antes, de unas generaciones jóvenes absolutamente digitalizadas. Vocabularios, lenguajes, modos de gestión de la información y de aprehensión del conocimiento, maneras de compartir, gestualidad y expresiones no verbales, se debaten para ellos en la balanza del aislamiento analógico o de la integración a un ritmo de vida y de consumo de las imágenes, de sustitución de las interfaces de comunicación, cada vez más precipitado. Posiblemente, la pregunta que debemos plantearnos ante estos retratos es cómo convivir con la diferencia en nuestros propios hogares, pues el otro, el diferente al que tanto temió y teme un Occidente postcolonial, ya no está allá fuera, sino en nuestras propias casas, es la gente más cercana que hemos excluido o dejado varada en un territorio simbólico donde no hay WhatsApp, Instagram o Twitter; en un lugar expectante, a la espera de volver a ser convocados, como antaño, para contar historias, hilvanar relatos, dar voz a la sabiduría popular, jugar con los rumores, comunicar y también aprender.

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