2014_Isaac Montoya

La fábula de la lechera, o cuentos para no dormir con la conciencia tranquila

Hacia donde miremos, sea en el tiempo o en el espacio, encontraremos un mundo en crisis, en agonía perpetua, un universo cuyas escenas de bienestar se esfuman con la pérdida de valor de la vida humana en las sociedades del capitalismo global. Por una parte, la escritura de la historia ha devenido en los relatos de esas crisis sucesivas, la acumulación de males cuyo peso restringe la capacidad utópica del pensamiento y hace que los discursos sobre modelos alternativos de gobernabilidad y distribución social de los recursos tengan que redefinirse continuamente y resistir como últimos resquicios de una voluntad de supervivencia de la vida en este teatro hiperreal llamado tierra.

La pregunta aquí sería la que se podría extraer de cualquier guión apocalíptico o la trama de una película taquillera hollywoodense: ¿dónde no habita el mal?. La explotación y mercantilización de recursos naturales que son un bien común, tales como los combustibles fósiles, el agua, la arena, la tierra, resulta el ejemplo más elocuente y duro de que la especulación y el secuestro de la vida no tiene límites. El sistema mundo moderno capitalista que inaugura la empresa colonial dimensionó a una escala jamás imaginada la práctica de la esclavitud, una forma de lucro directo a partir del sometimiento al trabajo y la violencia de unos cuerpos racializados y subalternizados en el proceso de redistribución de los mapas y los territorios. De un lado de esa cartografía moderna quedó el mundo “civilizado” occidental, en el otro hemisferio el espacio invisible de los paisajes y los sujetos que han existido permanentemente en crisis, sin voz. No hay dato donde se verifique mejor la repulsiva condición de la avaricia y el egoísmo que en las cifras millonarias que indican algún tipo de esclavitud o servidumbre humana hoy, en el número ingente de personas que son objeto de trata y compra-venta en este mismo instante. El discurso ecológico, político, social, económico, las democracias representativas, casi todo está en crisis.

Pero, ¿cuándo salta la voz de alarma y las imágenes de crisis a nuestras pantallas, no como resultado de documentales de corte antropológico, filmados allá lejos, o de ficciones construidas?. ¿Cuándo “el dolor de los demás” (Sontag, 2003) se convierte en el propio? ¿Cuándo la iconografía de la crisis deja de ser una simple imagen y se transforma en experiencia propia, lacerante? ¿Cuándo alcanzamos la certeza de que no estamos a salvo o de que no podemos quedarnos al margen? Isaac Montoya no tiene las respuestas, sin embargo, sus re(de)construcciones fotográficas ponen en tensión una serie de fronteras del género, lo cual conlleva un planteamiento de la representación que trasciende el simple collage y la intertextualidad como recursos de sentido en la resolución de la imagen. Demos algunas pistas, datos que quizás nos ayudan a pensar en estas preguntas y en ese giro que en las sociedades postindustriales ha tenido recientemente el trato con las imágenes que portan una retórica de la crisis y el dolor en el mundo contemporáneo, que nos impelen a negociar con la “realidad” desde una posición donde nuestro propio cuerpo queda atravesado y discute su integridad, una vez se ha perdido la postura cómoda del espectador.

Algunos titulares: 8 de noviembre de 1793, el Museo del Louvre se abre por primera vez al público para mostrar las colecciones expropiadas a la monarquía y los objetos provenientes de las exploraciones arqueológicas coloniales; 28 de julio de 2010, El gobierno de Nikolas Sarkozy anuncia el desmantelamiento de “campamentos irregulares” de comunidades gitanas y la expulsión de Francia de personas de origen rumano y búlgaro de etnia gitana; 15 de septiembre de 2008, Lehman Brothers Holdings Inc., cuarto banco de inversión de Estados Unidos, se declara en quiebra… Un repaso rápido a esos datos y a la red de significados que le circunda desde distintos espacios de producción y distribución de la información y el conocimiento, quizás nos advierta de las conexiones de acontecimientos geopolíticos aparentemente tan distantes. La variables de las ecuaciones de poder detrás de los hechos, no obstante, son casi siempre unas pocas: arte, sociedad, capital, la ambivalente categoría de nación y estado modernos.

Isaac Montoya. "Reconstrucción París". 2010-2011.
Isaac Montoya. “Reconstrucción París”. 2010-2011.

Conversando con Isaac Montoya sobre esa “iconografía de la crisis” que dista de los modelos recurrentes del espectáculo de la “porno-miseria” en el arte contemporáneo, a propósito de Reconstrucción (París) y esa transfiguración de la pobreza como paisaje en ruinas en la propia fachada del Museo del Louvre –cual punctum barthesiano- el artista comentaba: “Además de la crisis económica vivimos otra cultural, de la que no está exento el arte. La inspiración de la obra (…) fue la limpieza del chabolismo de extrarradio que quería hacer Sarkozy (…). El centro de París se situaba de esa forma, con toda su carga cultural y artística, en un símbolo de poder, en el centro mismo de las clases más altas. Quizás el arte sea parte de la estética del poder, su mejor imagen.  Un servicio que está pagando en credibilidad. Por otra parte, en un mundo de multiventanas, de buscadores instantáneos y de moléculas de bits, nadie se extrañará de la convivencia en un mismo cuerpo de despojos de diferente procedencia, real o cultural. Los contrastes ya son parte de la armonía dominante”.

Ese “quizás” condicional que utiliza Montoya cuando describe las prácticas artísticas como formas de estetización del poder -si bien esa definición se encuentra en la génesis mismas de la institución arte y del campo artístico en tanto estructura moderna-, posiblemente es la fisura a través de la que se abren paso aquellos imaginarios de resistencia y e insurrección que se articulan desde los márgenes de las industrias culturales. Esos otros territorios donde las imágenes dejan de avalar las peripecias en la administración del poder, para convertirse en otros espacios posibles, en “comunidad imaginada”. El punctum de esta representación estremecedora reside tal vez en su evocación de la historia como narración de culpabilidad, en un comentario sobre todo pasado o lugar como negociación del futuro y de otro sitio; en la necesaria comprensión de las imágenes que consumimos como una batalla entre la apariencia visible de los poderes fácticos y lo que es escamoteado a la esfera pública. En definitiva, en la advertencia de la mirada como gesto político que precisa rebasar su estatuto contemplativo para traducirse en acción antes de que sea imposible despertar de la pesadilla del rey Midas.

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