2018_Claudio Sotolongo

La cartelística de Claudio Sotolongo: historicismo, concepto y lenguaje para reformular una tradición gráfica

Poco más de una década es el tiempo que ha bastado al joven diseñador Claudio Sotolongo para ocupar un lugar significativo en la nómina de autores pertenecientes a una generación que ha contribuido a resituar la cartelística cubana en la cartografía visual de la nación. Tras un Período Especial que prácticamente hizo desaparecer la producción editorial y gráfica en el país, a partir de los años dos mil se observa un paulatino crecimiento y consolidación de prácticas de diseño que encuentran en el cartel un soporte creativo ágil e inmediato para el ejercicio crítico y en respuesta a las urgencias de la promoción cultural y las demandas de la realidad social. Esta nueva hornada de profesionales, egresados del Instituto Superior de Diseño (ISDI), ha recuperado la tradición de técnicas de impresión y medios que han caracterizado la riqueza expresiva del cartel cubano, deviniendo la serigrafía una de sus aliadas fundamentales. Es imposible no mencionar entonces el papel desempeñado por el Taller Experimental de Gráfica de La Habana y la imprescindible colaboración con el novel diseño gráfico nacional en esta recuperación del cartel.

Nombres como el de Nelson Ponce, que además ha dictado por más de diez años clases de ilustración y cartel en el ISDI y por ende sentado tendencias visuales en los estudiantes, acompañan el viaje de Claudio Sotolongo junto a su generación a través de la memoria gráfica insular. En el quehacer de estos diseñadores reconoceremos la impronta de los carteles políticos que narraron el proceso revolucionario en los años 60’ y 70’, o la escuela gráfica que reverdeció junto al Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) en esos mismos años. El uso del color plano, el estilo de la ilustración, la experimentación tipográfica, la cualidad icónica y sintética de las figuras, el equilibrio entre la connotación narrativa y metafórica de las imágenes, la influencia de la gráfica soviética y polaca, son elementos recurrentes en esta emergente producción.

Sin embargo, en la trayectoria de Claudio Sotolongo encontramos otras referencias que se entrecruzan con la tradición gráfica, de la ilustración y del cartel cubano, y que denotan una cultura visual que bebe de las fuentes de la Historia del Arte. No podemos ignorar en este punto la herencia familiar que cobija también a Sotolongo en su formación, donde la figura de Óscar Morriña ha sido determinante en la apreciación estética y de los recursos esenciales de la composición en tanto espacio para la comunicación. Y qué decir entonces de esos conocimientos y sensibilidades que se transmiten desde el calor filiar, y que para Claudio llegaron a través del pensamiento plural, inclusivo e irreverente de Lázara Menéndez, una de las voces claves en la historiografía del arte cubano y los estudios afrocaribeños. Respirar desde la infancia en un hogar sumido en los debates intelectuales, consumir desde pequeño las heterogéneas expresiones de la cultura, sin barreras y artificiales dicotomías occidentales-no occidentales, cultas-populares, etc., como poco tuvo que predisponer a este creador a abrazar la diversidad y la curiosidad por las más insospechadas formas de la imagen.

No en balde, la obra cartelística de Sotolongo parece situada en una intersección de lenguajes, estéticas y discursos que se traducen camaleónicamente en la atención al detalle y la naturaleza del encargo social, para adaptarse a éste y cumplir la función comunicativa que se le demanda. La firma de este diseñador, si bien despliega su signo en la recurrencia de determinados elementos gráficos -dígase la construcción tipográfica, la solución cromática, el sentido estructural de textos, figuras y planos de color en las composiciones, etc.-, no obstante, no se empeña en aparecer como emblema autoral para entorpecer la organicidad del diseño, ni sacrificar la función del cartel.

Todas esas fuentes y referentes confluyen en el paisaje gráfico de altos contrastes que constituye el cartel en Claudio Sotolongo, un viaje en el tiempo y en el espacio que no se detiene en límites geográficos o históricos. Ahí, la idea escarba voraz hasta encontrar los asideros conceptuales y formales que se conviertan en los ingredientes precisos de un producto comunicativo tan dúctil como plural. En sus imaginarios, las tres Cuba que vive Lucía en el filme homónimo de Humberto Solás se sintetizan en la repetida silueta de la isla en la tríada de colores rojo, blanco y azul de la bandera. Es la misma capacidad de síntesis que encontramos en el inteligente homenaje a Alfredo Rostgaard y al paradigmático cartel de la canción protesta La rosa y la espina; llevando a la mínima expresión los recursos utilizados en el clásico exponente de finales de los años sesenta, tomando apenas la figura de la rosa y el color rojo de la sangre como elementos significantes. Chaplin deviene un icono queer aderezado por tonos fucsia y una línea sinuosa y grácil que nos transporta vagamente al dibujo hedonista del modernismo a finales del siglo XIX. La historia del arte occidental se cuela como una dentellada de luz a través de una ventana para trasladarnos a un interior flamenco en un poster para la Muestra de Cine Holandés Contemporáneo. El constructivismo ruso asoma en el ordenamiento tipográfico en un cartel sobre el cine de Dziga Vertov.

Cine, arte, diseño, música, cualquiera que sea el campo donde se origina el encargo, las colaboraciones de Claudio Sotolongo que redundan en la trayectoria del cartel podrían definirse como piezas de una investigación en los repertorios globales de la cultura visual. Lo interesante es que en la obra de este diseñador gráfico todo intertexto es filtrado para transformarse en esencia y conocimiento, en forma, color y texto. Justo ahí ocurre la alquimia, la poesía de la imagen que nos interpela desde el muro, que interrumpe el paseo del viandante y le hace girarse en busca de ese rectángulo en la fachada que atrapa su atención y compite con los ruidos de la calle.

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