2018_Rubén Fuentes

Sobre la contemplación (desde algún lugar de Occidente) de los paisajes de Rubén Fuentes

Rubén Fuentes, Ryoan-ji , 2018, tinta y acrílico sobre papel chino encolado en tela, 30 X 60 cm
Imagen cortesía del artista

Admitiré que no resulta fácil hablar de la pintura de paisajes de Rubén Fuentes, esencialmente por pudor, porque este artista es un investigador riguroso de una tradición visual que atraviesa la historia del arte occidental y oriental; pero que también se relaciona de un modo orgánico con la propia biografía del creador. Originario de la provincia de Matanzas, ubicada en el noroeste  de Cuba en la desembocadura de tres ríos, creció en un entorno con una sólida herencia plástica en el cultivo de este género, debido a la exuberancia de los parajes naturales que conforman la geografía del lugar. De hecho, frente a la obra de Rubén, a veces es imposible no imaginarle en un gesto romántico, tratando de recuperar en su memoria las imágenes del hermoso Valle de Yumurí, que durante la infancia seguramente quedaron atrapadas en su retina.

Su ciudad natal posee una de las más renombradas escuelas pictóricas del paisajismo insular y fue la cuna de un pintor como Esteban Chartrand, uno de los precursores más renombrados del género del paisaje en la pintura del siglo XIX cubano, que la historiografía ha relacionado con la influencia en América Latina de la Escuela de Barbizón y la Escuela del Río Hudson. Pero Matanzas también fue el destino o territorio de paso para muchos artistas viajeros que llegaron a la isla con la intención de documentar a través de la pintura o el grabado el espacio colonial, casi siempre idealizado y en respuesta a la imaginación europea. La lista de firmas que dejaron como legado una visión del campo cubano en el que creció Rubén es larga, e incluye nombres como los de los franceses Eduardo Laplante,  Federico Mialhe o Guillermo Colson -quien llegó a convertirse en el segundo director de la Academia de Bellas Artes de San Alejandro-, el español Valentín Sanz Carta, el belga Henry Cleenewerck y, entre otros, el catalán Alberto Tarascó Martínez, que fundó la primera academia de artes plásticas matancera en las primeras décadas del siglo XX.

Rubén Fuentes, El umbral sin puerta, 2018, díptico, tinta y acrílico sobre papel chino encolado en tela, 40 X 50 cm. Imagen cortesía del artista

De ahí que la propuesta estética de Rubén Fuentes no pueda estar desligada de esa larga tradición y de una exploración teórica y práctica sobre la evolución de un género que transita desde el canon académico hacia las más heterodoxas rupturas en los lenguajes del dibujo y la pintura. A tal punto, que este artista llevó su interés a la investigación con la que obtuvo el grado de Doctor en Arte, abordando las influencias Zen de las pinturas monocromas orientales en el arte cubano contemporáneo. En ese sentido, Fuentes se revela como un profundo conocedor de la construcción visual de composiciones paisajísticas que complejizan las maneras de mirar y comprender un género. Su trabajo debemos situarlo en la intersección de plurales genealogías y modelos históricos de la pintura de paisaje y de la filosofía, que exceden la ubicación monolítica de una geopolítica de las imágenes y que beben de una cultura visual rica, expansiva e incluso contradictoria. Esas tensiones entre distintas herencias e imaginarios, incluso llegan a confluir en los lienzos de Rubén como una suerte de fantasmagoría, un estado de meditación y enigmática reflexión en la que parecen quedar suspendidos los paisajes en sus cuadros y en el cual se sumerge el espectador una vez que se encuentra frente a la obra. Es en ese instante en el que una latencia indefinible que impregna estos paisajes se transmite a quien los observa, alejándole de distracciones vacuas y concentrando la mirada, educándola en un tiempo otro, lejos de la vida mundana y precipitada del presente.

Precisamente, en Paisajes para el antropoceno, el artista reúne un grupo de obras en las que la representación parece intentar distraernos de las contingencias del devenir histórico sobre la fisonomía del paisaje. La contenida expresión de estas imágenes desprende el aliento ambientalista y ecológico de una utopía que plantea un tiempo y un espacio fuera de la historia y del paradigma lineal y de progreso de la modernidad occidental. En estas eras imaginarias lo humano no constituye una presencia invasiva cuya acción modifica y erosiona la tierra, sino que lo antropomorfo se mixtura en la naturaleza existiendo como cuerpo mismo que define la silueta del monte, de una montaña, de una roca, del follaje de los árboles. Sin embargo, lo ilusorio de estas formas por momentos podría emular las vistas privilegiadas que hemos tenido en aquellas ocasiones en que hemos dejamos atrás la ciudad. Cuando decidimos escapar al campo y sentir, mirar u oler de otro modo, con sosegada quietud. Esas raras veces en que nos permitimos un estado de apacible contemplación y comenzamos a adivinar formas en los surcos que la lluvia ha dejado en el lodo, en las nubes encima de nuestras cabezas, en  cerro que corta el horizonte, en la hierba que ha quedado aplastada con las pisadas previas.

Rubén Fuentes, Lo que vi en mi mesa, 2018, tinta y acrílico sobre papel chino encolado en tela 40 X 50 cm. Imagen cortesía del artista

La obra de Rubén Fuentes posiblemente busca ese tipo de relación simbiótica y espontánea con el entorno, sin forzarlo ni colonizarlo, sin el ejercicio desmedido de la violencia del hombre sobre el planeta que ha significado el antropoceno en tanto concepto científico y cultural para explicar el impacto geológico de los seres humanos como una fuerza ambiental que modifica y transforma la superficie terrestre. Estos lienzos muestran la idea de un escenario poshumano, donde la agencia del hombre ha quedado diluida entre tantas otras, sin definir una jerarquía en el uso y control de los recursos naturales. Las imágenes que describen estos paisajes construyen una narración alternativa que difiere de la escritura histórica del sistema mundo moderno colonial y del capitalismo global.

Pero más allá de los relatos posibles, es necesario pensar en esta pintura como un proceso de autoconocimiento y de comprensión del sentido de la realidad para el artista. Destacando especialmente la capacidad de observación y concentración en la condición relacional del acto y el gesto pictórico, algo evidente en obras como Paisaje abrupto nacido de una mancha de tinta (2018) o Ryoan-ji (2018), donde Fuentes articula características como asimetría, simplicidad y naturalidad presentes en las artes del Zen. El accidente, la economía de medios y la práctica disciplinada de la contemplación son los elementos aprovechados por el artista cuando prestó atención al devenir del proceso pictórico en sí, despojando la composición de todo recurso aleatorio -lo que incluye el color- y amplificando la llamada de atención del espectador sobre aquello que es esencial en la atmósfera del cuadro.

Rubén Fuentes, Omnia mea mecum porto, 2018, tinta y acrílico sobre papel chino encolado en tela, 40 X 50 cm. Imagen cortesía del artista

Pero lo “esencial” no es una categoría o una definición inamovible, sino que se estructura en la deriva misma de la experiencia del artista, en su historia de vida. Por eso, tal vez en las piezas Vínculos I y II (2018) los detalles decisivos se encuentran en los sutiles brotes de un signo de la nación cubana como la palma real en la abrupta superficie del paisaje, o en la diminuta figura que en una barca se aproxima -o aleja- de las rocas antropomórficas. Para un creador cuya producción intelectual y artística acontece en las circunstancias de la diáspora, esa tierra convertida en cuerpo, en sexo, en cópula, en lactancia materna, adquiere una dimensión simbólica y afectiva respecto a un contexto de pertenencia. No en balde, quizás es en el casi invisible reflejo de esos farallones de enmarañada vegetación en un vacío creado por trazos y manchas -en el cual se intuye el agua-, donde podemos reconocer la maldita circunstancia que decretaba Virgilio Piñera en La isla en peso.

Casi todo en estas imágenes a las que nos enfrenta Rubén Fuentes indica la operación cuidadosa de observación que las contiene y de la cual emergen. Pero al unísono desvelan que el principal mecanismo para acercarnos a ellas debe ser también la mirada minuciosa, exhaustiva, sin la pretensión de conquistar un significado, sino con la paciencia del que anda por este mundo movido por un prístino deseo de aprender a estar y a convivir en armonía con todo lo que le rodea, sea perceptible o no, conmensurable o no. De hecho, Fuentes se empecina en poner en valor esa práctica donde es primordial la contemplación más que la producción o la posesión, y así lo verbaliza en sus paratextos: Lo que vi en un árbol del parque des Buttes Chaumont I y II (2018), Lo que vi en mi mesa (2018). En sus obras hay un desplazamiento continuo de escalas y entre disciplinas del conocimiento -científico, filosófico, teológico, etc.- que posicionan al sujeto como uno entre los muchos factores que intervienen en el devenir de la existencia.

Entonces, esta exposición es un lugar, aquí y ahora, donde el aprendizaje no se propone como meta, sino como un camino, una vena abierta que escudriñar, justo en ese punto donde el juego de escalas transforma la cicatriz anatómica en el cauce de un río; donde la rugosidad del papel muta en corteza de árbol; donde la montaña se humaniza en la morfología de un cuerpo. Allí donde el paisaje encarna la resistencia de un sistema que se autorregula y administra naturalmente, como fuerza, voluntad e imaginación utópica y libertaria. La utopía no será más la conquista y el dominio del territorio, sino la contemplación en la que se evocan y proyectan nuestros sueños más allá de las fronteras instrumentales de la vida moderna.

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