2002_Analía Amaya y Humberto Díaz

La ilusión: sobre el tiempo, el espacio, y otras aberrantes creencias.

 

No me cansaré de decir que siempre seremos modernos, aunque ello signifique cargar con una buena dosis del pesimismo de Occidente. Y es que aunque nos empeñemos en percibir la realidad como algo engañoso y relativo, la propia convicción sobre su existencia denunciará la manía que tenemos de aferrarnos a las “verdades” instituidas en el pasado.

Hace poco, una peculiar exposición de Humberto Díaz y Analía Amaya realizada en el Teatro Mella, me llevaba a confirmar esa sospecha reaccionaria que perennemente me sirve de compañía. Su mismo título: En tiempo real, me condujo a evocar una de las nociones centrales de los discursos de la modernidad;  y ello sólo constituía el pórtico de una serie de reflexiones que suscitaría la muestra en relación con algunos dogmas de la filosofía y el pensamiento artístico moderno.

Más allá del título de la exposición, el debate en torno al concepto del tiempo y la posibilidad de su representación como guía del sentido dentro de la muestra, se hacía evidente desde que se trasponía el umbral del teatro y frente a los espectadores se prolongaba la escalera del Mella a través de la proyección de una escena de la misma en el instante en que una mujer desnuda descendía –clara referencia a la paradigmática obra de Duchamp, y a su apropiación en la vídeo-instalación Desnudo bajando de una escalera de la artista japonesa Shigeko Kubota. Si en la reconocida pieza de esta última creadora el intertexto apelaba a la extrapolación del sentido hacia un medio y un lenguaje aparentemente más efectivo en cuanto a la aprehensión y representación del tiempo y del movimiento, en la obra de Humberto se reafirmaba el carácter representacional del hecho en la medida en que esa proyección alternaba con el ascenso “real” de los espectadores y la escalada “virtual” de los mismos que era sobre-expuesta  a partir de una proyección inmediata, en tiempo real, sobre el vídeo del desnudo descendente.

Semejante metodología empleaba el artista en las obras emplazadas en la segunda planta del teatro, donde dos monitores reproducían –recordando algunas vídeo-instalaciones de Nam June Paik- la imagen de seres humanos, en poses escultóricas clásicas, situados sobre pedestales. Esas bases, liberadas de su carga (y aparentemente de su función), permanecían en el espacio de la galería como objetos anacrónicos que el público miraba extrañado, al tiempo que ese acto de recepción era transmitido en los propios monitores mediante una suerte de juego de proyecciones en circuito cerrado. De modo que lo que “en realidad” se observaba en las pantallas de los televisores era el recorrido del público por un museo imaginario.

Precisamente de esa ambivalencia entre lo “real” y lo “simulado” emergían las más sagaces ideas de la exposición, para articular con toda una filosofía de las mediaciones que prevalece en la percepción de los mecanismos de reproducción del saber en las sociedades «postindustriales», y de la que Jean Baudrillard se ha erigido como uno de sus teóricos fundamentales.

En tiempo real pone en detrimento los roles del artista y de la obra como instancias primarias del proceso artístico, para llamar la atención sobre el desempeño del receptor y reconocer la naturaleza narcisista de sus operaciones deconstructivas y de descodificación.  No en balde las vídeo-instalaciones de Humberto Díaz dialogaban con los environments  de Analía Amaya, construidos con fragmentos de espejos que devenían un poderoso objeto de atención para el público por los destellos que emitían. Con esos elementos se creaba un nuevo espacio para la representación -en este caso autorrepresentación-, donde la imagen especular distorsionada devolvía un reflejo otro del espectador, burlado ya el placer de su contemplación narcisista al serle devuelta una figura quebrantada en su integridad e identidad por la ruptura de la efigie total.

De la convivencia entre el espejo y la pantalla provenía la elocuencia metafórica de esas figuras sobre el status de la representación como mecanismo cognoscitivo dentro del pensamiento moderno y el posmoderno, respectivamente. El reflejo, como procedimiento de organización del saber en el episteme moderno; y la refracción como vehículo relativo de percepción de la realidad a tenor de los cortes que los mass media operan sobre el “mundo real” al reproducirlo y al propiciar su consumo.

Parecería que en nuestro contexto esas problemáticas apenas inciden, mas una muestra como En tiempo… describe cómo somos víctimas de los dogmas de la modernidad y apenas nos percatamos de ello. Así, la asunción por parte de Humberto del territorio del museo como objeto de representación y enclave de sacralización y mitificación de los valores artísticos no es gratuita. De hecho, colocar al público en medio de ese espacio imaginario -dentro del que realmente no se encuentra, o sí- implica forzarlo a reconocer cómo operan en él los mecanismos y sitios de simbolización, más allá de su evidencia fáctica o material. Al mismo tiempo conlleva el desvanecimiento del valor como una entidad real o verificable, puesto que denuncia el carácter virtual de los procesos de percepción y validación, que en muchos casos ocurren a partir de patrones de evaluación totalmente ajenos, cuya presencia funciona como incurso mítico al sernos desconocidos los referentes de la realidad que brindaron la posibilidad de que se instituyeran dichos valores.

De modo que muchas veces, ante la falta de convencimiento efectivo sobre la legitimidad del modelo, simulamos articular de acuerdo con la significación del mismo. Precisamente esa es la actitud que descubre Humberto en sus obras, cuando nos hace percibir la actuación ejecutada por el receptor desde que se percata de su proyección, cuando empieza a ser objeto de la mirada. Entonces, ya no observa, simula la observación, aparenta ser un receptor entrenado. La «realidad» existe en tanto es representada, como traducción lingüística; y estamos dentro de ella en la medida en que entremos al juego de sus múltiples significantes y significados. Juego que como tal establece un set para el espectáculo y la normatividad. Quedar fuera de éste implica estar en los márgenes de la sociedad, situarse en el borde de la «realidad».

En tiempo real creó un ambiente para el desarrollo del arte como proceso, lo cual implicaba la existencia y construcción de la obra como acontecimiento, tomando como base un enunciado performático. Así, el tiempo era el mediador en la consumación de la fase artística. Sin embargo el estatuto de veracidad que enunciaba el propio título de la muestra se convertía en una ironía frente al placer del espectador que se sabía, o se reconocía, como protagonista de la obra, pues él mismo quedaba anulado por su proyección, por la conversión de su realidad en escena y espectáculo.

Ello a la vez evidenciaba la propia  existencia del hombre como representación y visión especular. Lo explícito de esa noción en la traducción de nuestra imagen de espectadores en las pantallas era tan sólo una metáfora de la construcción de nuestra identidad, conformada mediante un palimpsesto de imágenes refractadas del “yo”. Así, ese objeto símbolo de las mediaciones confirmaba la imposibilidad de lo real, aún cuando nos empeñemos en adivinar su presencia, en encontrarla detrás de tanta máscara y simulacro. La búsqueda de lo auténtico, esa utopía, nos devuelve esa imagen prístina de apariencia moderna  e íntegra.

Tiempo y espacio eran puestos en escena como elaboraciones culturales. La exposición  deconstruía los indicadores de veracidad anexos a esas categorías para descubrir que operan en el orden de la ficción, del montaje y la representación. Observación que se reafirma en la muestra mediante la utilización del soporte del vídeo, el cual deviene enunciado tautológico en torno al carácter mediático que posee la existencia y comprensión de tales entidades, así como la participación humana dentro de sus respectivas lógicas instrumentales.

La caída de esas nociones primordiales sobre las que se ha sedimentado la Historia, conduce a la puesta en precario de sus metarrelatos y, por supuesto, de toda percepción positivista de la presencia del hombre en la misma. De manera que tantas negaciones terminan por anular todo asidero al pasado, a lo que hemos sido, a las pruebas de la existencia. No obstante, el hecho de que incluso esas narraciones persistan como huellas y datos arqueológicos, nos devuelven el tiempo y el espacio como entes virtuales, susceptibles de verificación, porque al final casi siempre persiste una secreta añoranza por lo aparentemente confiable, por la “verdad”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s