2003_ Exposición Sentido común

El peor de los sentidos: la domesticidad del arte cubano contemporáneo.

¿Contra la verdad de las profundidades, el destino de la apariencia?

Jean Baudrillard.

Se pregona por estos lares que el sentido común no es tan común como se proclama, y mucho menos es el mejor de los sentidos. A veces puede ser un halago, signo evidente de inteligencia, otras, la mayor de las ofensas. De modo que ambivalencia no ha de faltarle a esa expresión -más bien caracterización de algo o alguien- que se usa continuamente al punto de convertirse en una rareza, incluso en un «sin sentido».

En esta ocasión, más que centrarme en El sentido común,  sugerente e inquietante exposición curada por René Francisco Rodríguez, que recién culminó en Galería Habana, me interesa tomarla como pretexto para reflexionar sobre algunos avatares y condiciones del campo artístico cubano. De manera que parto de reconocer dicha exhibición como uno de los gestos discursivos más abiertos que se han observado en este contexto durante los últimos años. Apertura dada por la paradójica fusión de tolerancia y perversión que abriga esta propuesta curatorial, mucho más lúcida en tanto gesto que como muestra en sí misma. Algo de lo que sin dudas tienen conciencia -más bien peligrosa y subversiva conciencia- sus autores.

Como evalué anteriormente, El sentido común resulta mucho más atractiva e interesante en cuanto gesto discursivo que como  exposición, ya que peca visualmente de un exceso barroco que inunda el espacio de la galería a través de un eclecticismo de propuestas muy irregulares en su solución morfológica y conceptual. De ahí que hayan convivido en el mismo espacio obras totalmente logradas  por la sagacidad  enunciativa que alientan y la elocuencia transmitida a través de sus estructuras visuales; y piezas harto simples que traducen un acendrado carácter formalista que las confina a la trampa de la factualidad. Sin embargo, precisamente ese desequilibrio evidente en la muestra – que de cierto modo trataba de convertirse en reflejo de las propias arbitrariedades con las que generalmente los cubanos concebimos nuestros espacios habitables, a merced de la perenne interacción generacional y de gustos que se superponen creando un palimpsesto de objetos, fetiches y costumbres-, devino uno de los elementos más inquietantes de la exposición, y quizás la tesis por excelencia de la propuesta curatorial, hipótesis solapada y subrepticia, aunque sólo en apariencias.

Uno de los aspectos elogiados de El sentido común ha sido, lejos de un radicalismo excluyente,  el ánimo inclusivista que conllevó la comunión y el contraste, al mismo tiempo, de tendencias creativas totalmente dispares, al menos en apariencia, desestimando la preferencia por algún medio o lenguaje artístico específico. Justamente esa posibilidad de inclusión de lo diferente en la muestra, es el gesto inquietante y ambivalente que la convierte en un ejercicio crítico sumamente interesante en tanto describe con crudeza el carácter superficial, ornamental y decorativo de mucha obra producida en estos años; mientras que conviene en aceptar su legitimidad, existencia y coexistencia dentro del campo de las artes plásticas cubano. De manera que  El sentido común obliga a reconocer que ésta es la casa de todos, un hogar del arte, como el del cubano de hoy: gregario, abigarrado, mixto, intergeneracional, polémico; que el nuestro es un espacio construido desde la precariedad, y el absurdo o lo lógico del pacto y la concesión.

En todo caso, se trata de un ambiente propicio a la domesticidad, aquella que implica el carácter doméstico y la acción de domesticar. En esa línea, El sentido común ha resultado una metáfora andante que describe los procesos y las relaciones que se consuman dentro del campo de las artes plásticas en Cuba. La elección del motivo de la vivienda como símil del contexto artístico (y que ya ha sido un paralelismo recurrente dentro de la creación visual), una vez más demostró el acierto de su elección. Frente a la objetualidad decadente de muchas piezas, y al “sin sentido” de su presencia en la muestra, se impuso la implícita alusión a los modos en que se construye el imaginario de la legitimidad artística en nuestro medio, así como a las obligadas relaciones que contribuyen a fomentar tal “consenso”. Como en toda casa que se respete, no faltaron las mascotas, esos entes moldeables y manipulables que  responden a las órdenes del amo y mueven la cola tanto cuando se les acaricia como cuando se les da un puntapié, ya que lo importante es conservar el afecto del que posee el poder. Por suerte, también las mascotas hacen travesuras y transgreden el orden de la casa. Como en toda buena casa cubana de barrio que sea fiel a la tradición del rumor, no se careció en ésta de los comentarios informales y el “chisme” presupuesto detrás de la inclusión de cada artista participante en la muestra, y cuyos nombres son imposibles enumerar por su cantidad.

Domesticar implica imponer normas al otro, y por regla general hacerle partícipe de nuestras convenciones. De ahí que en El sentido común fuesen muchos los adiestrados, casi todos. Lo primero a señalar teniendo en cuenta esta imposición de “tolerancia” (que rara conjunción la de estas dos palabras), es que se evidenció que aunque «La Habana no aguante más» todos tenemos lugar en esta casa, aunque a unos toquen las zonas más visibles y los espacios de socialización, mientras otros queden relegados a los sitios de menor visibilidad, aquellos que no quedan a la vista pública y donde es común guardar secretos y “trapos sucios”, quizás los que empañan la credibilidad de nuestros cánones. Lo curioso de este pacto entre modos estéticos es el amplio margen de indulgencia que se ha trazado para la aceptación, aunque ello no se traduzca en reconocimiento, de los presupuestos creativos del otro, a saber, negociación que se ha dado entre los modos de hacer más convencionales y formalistas, incluso decorativos (carácter que quedó explícito en el emplazamiento de las obras para conformar la geografía de la casa), y aquellas intenciones creativas de orden vanguardista, conceptual y analítico. Por otra parte, ese mismo terreno que se configuró para el consentimiento, demostró nuevamente que «no son todos los que están, ni están todos los que son», porque también se suele tener el tejado de vidrio.

La ventaja que tiene escribir sobre algo cuando ya lo han hecho otros antes1, es que, sin ánimos de concluir la polémica, se pueden realizar ciertas abstracciones del referente para explicarse el porqué, en este caso, el de una exposición que se ha convertido en una suerte de maratón de la presencia artística, donde estar ha equivalido tal vez a no ser tildado de reaccionario. Al final, sigue siendo un juego el estar y el no estar, el pactar y el no hacerlo. De cualquier manera, El sentido común era una muestra pendiente, esas en las que se espera que se digan «ciertas verdades a media voz», para después seguir pensando sobre nosotros mismos con esa vocación autorreferencial de la que por suerte no puede despojarse el arte, y que se convierte en acicate para la confrontación a la pasividad del medio.


1 Véanse en el número 3, marzo del 2003, del tabloide Noticias de Arte Cubano, los artículos que sobre El sentido común publicaron Héctor Antón Castillo, Mei-Ling Cabrera y Frency.

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