2004_Naia del Castillo

La llave no te la doy corazón.

Aunque no se limite a sentidos asociados a las representaciones y cuestionamientos de los constructos sobre las identidades genéricas y los estereotipos axiológicos tenidos sobre la diferencia, una muestra como Trampas y seducción, de Naia del Castillo (Alacalá 31, 12 de mayo a 15 de agosto de 2004), ofrece una mirada a los arquetipos de “lo femenino”, que evade la pléyade de imaginarios dramáticos, escatológicos y radicales que abundan al respecto.

Naia del Castillo. "Cortejo". 2002. Luxachrome. 76 x 100 cm.
Naia del Castillo. "Cortejo". 2002. Luxachrome. 76 x 100 cm.

En las obras de esta artista, pareciera que la supuesta representación de iconografías seductoras asociadas al ámbito de lo doméstico o de la apariencia modélica de la mujer según los cánones occidentales, se convierte en pretexto para reactivar un análisis sobre el arte mismo y los repertorios estéticos. En tal sentido es interesante cómo opera a través de la estrategia del revival, colocada sutilmente como referente dialógico a partir del cual instrumentar una revisión historicista de los discursos sobre el arte. En fotografías como Cortejo y Sin título–seducción (2002) el coqueteo con fragmentos de escenas perfectamente reconocibles como prototextos extraídos del panorama de la pintura galante del Rococó, reposiciona la atención sobre el sujeto femenino como objeto, cosificado como tal por la Historia del Arte occidental. Sin embargo, la curiosa subversión de Naia es localizada justamente en la táctica de erigir la seducción como trampa, desplazada entonces a los predios baudrillardianos de la resistencia. Ahí, el rotundo esteticismo de las imágenes, atractivas en la sublimación de la geografía del cuerpo de la mujer, y en la concupiscencia de la insinuación del roce y la autocontemplación narcisista, deconstruye la estructura fálica de la mirada para reconocer el propio enfoque de la visión femenina como eje de un discurso consciente de su poder, sobre todo en una época donde la conformación cosmética de la cultura deviene paradigmática.

Naia del Castillo. "S.T Seducción". 2002. Luxachrome. 100 x 100 cm.
Naia del Castillo. "S.T Seducción". 2002. Luxachrome. 100 x 100 cm.

Piezas como Corral (2004) o Seductor (2002) enfatizan la capacidad metafórica del deseo, y las actitudes provocadoras y de reto que suelen acompañar la conducta femenina que ha tomado conciencia de su poder. En estos casos, la asociación del objeto como símbolo sexual resulta más coherente y sugestiva que en obras un tanto literales como Tiro con arco (2003), o las que conforman las variantes de Luciérnaga (2002-03), o Espacio doméstico (2000-01). En Luciérnaga el efectismo que traduce la construcción del objeto como artefacto de seducción, enmarca un esteticismo sobredimensionado que termina siendo demasiado explícito en su intención por encantar. Mientras que en Espacio doméstico, más allá del ingenio en la elaboración de híbridos objeto-sujeto  que recolocan el travestismo de la identidad femenina en el locus de lo cotidiano, se puede apreciar como la creación femenina sigue apelando a determinados estereotipos que definen la incidencia de la mujer, en este caso encarnados por las múltiples facetas de la acción femenina en ciertos ambientes, de los que el contexto privado y doméstico son protagónicos.

El umbral es sugerido en las obras de Naia del Castillo, incita a trasponerlo, mas en la puerta la esfinge vuelve a pronunciar su acertijo.

Naia del Castillo. "Seductor". 2002. Luxachrome. 100 x 100 cm.
Naia del Castillo. "Seductor". 2002. Luxachrome. 100 x 100 cm.

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