2005_Habana Blues

Blues de minorías: Habana de sediciones*

A los desperdigados, a los que vagan.

Pese al crédito que avala la autoría de Benito Zambrano, el hecho de enfrentar el visionado de una coproducción sobre Cuba dirigida por un extranjero –aun cuando éste haya permanecido en la Isla por mucho tiempo, sobre todo en los años más dramáticos de la década de los noventa-, implica sentarse en la butaca con la inquietud de la zozobra, la predisposición y una sensación de estar constantemente a la defensiva. Sobran engendros que han traído una marea de estereotipos y comodines exóticos al representar una imagen “pintoresca y ridícula” de la sociedad cubana actual. Composiciones en las que la tragedia colectiva es banalizada hasta convertirse en una caricatura, o las tradiciones de una cultura popular se transfiguran en fetiche mercantil.

Cuba ha sido por bastante tiempo –y continuará siéndolo para la mayoría- plaza sitiada por un poder dictatorial, destino turístico en el que exacerbar apetencias folklóricas y sexuales, una dicotomía geográfica cuyos accidentes irregulares conducen del paraíso veraniego al infierno de la precariedad y el miedo; y lamentablemente para otros que no padecen de cerca esa realidad, el último reducto de una utopía revolucionaria y social. Esas miradas reduccionistas que provienen del ojo foráneo, no han quedado fuera de las lentes del cine producido sobre el contexto cubano, en el que mucha jinetera, santero, mercado negro, ron, habanos, playas, son, salsa y timba (para gustos), han configurado el escenario para historias elementales de encuentros y desencuentros, viajes escapistas, críticas trivializadas por la intrascendencia de los argumentos rectores –y no es que en Cuba no se vean esos tópicos, sino que Cuba no es sólo eso. En resumen, se trata del bochorno de una saga de coproducciones apadrinadas por el ICAIC para lograr solventar a través de ese mecanismo económico una cinematografía nacional carente de infraestructura productiva. El puñetazo en la mejilla de un Instituto que ha pretendido defender un cine nacional reflejo de la nueva sociedad, y que se ha prostituido un poco en cada contrato firmado para coproducir una comedia pedestre que pretende mofarse de los absurdos de una tensa realidad. De buenas intenciones, también está plagado el camino al averno.

Habrían dos maneras esenciales de acercarse a Habana Blues: una, desde un análisis proveniente de la pasión y el sentimiento que conlleva reconocer la dignidad de una obra resultado de la investigación y la vivencia cercana, sincera y solidaria, de su director; otra, desentrañando las metáforas sutiles, sosegadas, sin pretensiones moralistas ni épicas con que Zambrano retrata una Cuba sin extremos ni radicalismos panfletarios, no condenada a la evidencia de un discurso masificador, donde los tópicos abundan, y mucho menos al pacto incondicional con un poder político que admite la crítica en tanto ésta posea espíritu de ave fénix y conduzca a la resurrección. Congeniar ambas perspectivas resulta harto difícil, se peca de correr sin equilibrio sobre esa cuerda bajo la cual yace a un lado la cursilería y al otro la racionalidad aclaradora, pero aburrida y fría.

No obstante, merece la pena advertir sobre la importancia de un filme como Habana Blues, tomando palabras de Pascual Serrano en el diario El Confidencial:

Zambrano (…) junto con Ernesto Chao, ha escrito un guión correcto y sin artificios que mezcla con sentido las canciones y las tramas, que no descuida los personajes y que no hace concesiones al sentimentalismo ni al panfleto político, mal que les pese a muchos críticos y tertulianos que comenzarán desde hoy a rugir en sus columnas o por sus micrófonos y pantallas juzgando el destino de un pueblo sin más perspectiva que su propia inquina hacia un sistema político y social fracasado por asfixia, o que su nostalgia de tiempos coloniales españoles o estadounidenses.

De cualquier modo, esta película constituye un hito en el ámbito de las coproducciones cinematográficas entre Cuba y Europa, y especialmente con España. Será uno de los pocos momentos en que un director extranjero logre representar con acierto un segmento de la realidad social y cultural de un país cuyo entramado existencial deviene complejo y ditirámbico en la mayoría de sus aspectos, imposible de explicarse más allá de los márgenes de la subsistencia del individuo que habita a diario la Cuba de hoy haciendo juegos malabares. Fundamentalmente, se trata de una película cuya narración penetra además parcelas de la sociedad cubana que han quedado fuera del imaginario cinematográfico nacional; que reconoce sujetos que no conforman una media popular, enclavados en los márgenes silenciosos de una cultura underground, apenas identificada con identidades minoritarias, y percibidas por el poder de las instituciones culturales sólo a través del trabajo de los coordinadores provinciales de la Asociación Hermanos Saíz.

No preguntes quiénes somos

mucho menos quiénes fuimos,

en dónde nacimos,

qué hicimos que sobrevivimos.

No te preocupes así,

que lo importante no es cómo llegamos si estamos aquí,

es lo que representamos cada momento.

Quiero ser libre cada momento por el pavimento.

Escucha como suena el mestizaje de esa lengua.

Sublevao´ ya no hay mayoral que nos reprenda…

No se vuelve atrás, Free Hole Negro.

Habana Blues se centra en la vida de colectivos humanos minoritarios, sujetos que constituyen un canto de resistencia desde la alteridad frente al modelo del «Hombre Nuevo» promulgado por la Revolución. En un sentido se trata de un estrato intelectual que no representa la cultura instituida en Cuba, sino la mixtura de componentes propios de una cultura popular ancestral y elementos provenientes de la dinámica de la cultura contemporánea, en continuo canibalismo de las experiencias occidentales. En este caso el guión nos entrega dos músicos que distan del prototipo de éxito de los salseros y soneros, cuya obra ha tenido una repercusión comercial que ha convertido a muchos en parte de una élite económica con una imagen que ha calado en el consciente colectivo como signo de prestigio social.

En este caso Ruy (Alberto Joel García) y Tito (Roberto Sanmartín) son músicos que alternan y combinan el rock, el pop, el rap, etc., fusionados con elementos propios de la tradición musical popular cubana, para construir un discurso de tenacidad melódica y textual que narra y critica la sociedad en la que viven y sus experiencias como ciudadanos en un espacio público conflictivo, que se extrapola hacia el perímetro de lo privado agudizando las crisis comunes a cualquier persona independientemente de su procedencia. Obviamente, los matices entre la ficción y el documental posibilitan traducir a través de estos personajes, el lenguaje y la realidad de cientos de músicos cubanos que pugnan por elaborar una estética propia, lejos de concesiones o facilismos comerciales que en muchos casos implicarían optar por hacer un tipo de música más acorde a la demanda de lo que comercialmente se considera «música cubana» en el mercado internacional. Nombres como los de Kelvis Ochoa, Descemer Bueno, Equis Alfonso, Free Hole Negro, Telmary Díaz, Roberto Carcasses, Habana Abierta –algunos de ellos colaboradores de la película- entre muchos otros, conformarían tan sólo una nómina escueta de los referentes que Habana Blues tiene en la realidad, y cuya obra resulta tan legítima como la de grupos emblemáticos de la música popular y de otras generaciones creativas.

De algún modo, pese a la emergencia de programas para promocionar la música alternativa –llamémosle así, entendiendo que no forma parte del circuito prioritario de difusión– y la consolidación de espacios ya antológicos como los de Juan Camacho o Humberto Manduley, es inminente la precariedad que posee la Institución cultural en la Isla para afrontar esa producción. Ello sin mencionar los reparos que la televisión pone al difundir la imagen de grupos y artistas marginados por su estética. Resulta paradójico que aún se pongan obstáculos al respecto frente a tatuajes, cabellos largos masculinos, ciertas indumentarias, parecería que no hubiesen pasado varias décadas tras tanta persecución y repudio insólito de rockeros, homosexuales, hippies, etc.

Lo curioso es que esa marginalidad no proviene de la percepción de conductas éticamente condenables, ni de la participación de un contexto delictivo determinado, sino de la epidérmica apreciación de opciones estéticas que resquebrajan la norma de un gusto medio, tanto por parte del poder como de los estratos sociales populares en medio de una conciencia fálica y machista. De hecho, uno de los aspectos esenciales de este filme proviene del tratamiento meticuloso de la banda sonora (producida por Juan Antonio Leyva, José Luis Garrido y Jorge Marín), que constituye un hilo narrativo a lo largo del desarrollo de la trama para enfatizar la crónica sentida de la Cuba actual, y que señala abiertamente la insuficiente tolerancia generalizada de nuestra sociedad.

No en balde una de las primeras ideas de Zambrano, era partir de la historia de un protagonista cuyo personaje fuese un músico negro. Finalmente, la elección de Alberto Joel García no da al traste con esa prístina intención de tener a un negro, un mulato, en fin, no a un blanco, como suerte de campeador de la lucha cotidiana. Es poco probable que ello obedeciese a una estrategia de representación «políticamente correcta», y ello podría confirmarse escuchando algunos de los temas que conforman la narrativa musical del filme, tales como el Superfinos negros de Free Hole Negro.

Es conocido que pocas veces el cine cubano ha tomado la figura del negro como objeto de representación, sin condenarle sólo a ser objeto de una mirada superficial y discriminatoria, que es testigo de una realidad poscolonial paradójicamente racista e ignorada conscientemente por el poder. Durante el siglo XX el cine producido en Cuba tomaba la figura del negro como motivo terrorífico y bárbaro. Tras la creación del ICAIC excepciones como De cierta manera (Sara Gómez, 1974) o María Antonia (Sergio Giral, 1990), y otros títulos exiguos dentro del cine de ficción, portan un acercamiento profundo y respetuoso a conflictos culturales generados entre otros aspectos por el signo de la diferencia racial. En este caso, Habana Blues tiene su protagonista en un mulato músico, que de cierto modo encarna el estereotipo del símbolo sexual y el machismo con que se ha juzgado al negro cubano; sin embargo, la misma relación que se entabla entre este personaje y otros de la trama como su esposa Caridad (Yailene Sierra), y sus amantes extranjeras-jineteadas de turno, descodifican el sentido unidireccional de la representación del negro resemantizando su función como objeto en motivo de resistencia.

En medio del margen estereotipado que puede implicar, Benito Zambrano logra insertar en su guión una serie de personajes tipo que conforman el cuadro costumbrista de la sociedad cubana contemporánea. En esa urdimbre no faltan determinados tipos populares como el “trapichero”, el “vendedor clandestino”, el “pariente de la yuma”, el “dueño de paladar”, el “mulato jinetero”, que muestran el desplazamiento de usuales roles sociales dentro del contexto cubano de finales de los noventa y principios de este siglo, hacia zonas más sofisticadas de subsistencia, que es a fin de cuenta la función que les une a todos ellos. Mientras que la interacción del personaje de Alberto Joel con Marta (Marta Calvó), la empresaria de la discográfica española, más allá de fomentar un sustrato moralista sobre la conducta de Ruy, pone en escena la negociación pactada e hipócrita que muchas veces yace en el fondo de esos fenómenos peculiares de prostitución.

Se agradece bastante el hecho de que siendo un director español, Zambrano ponga el dedo sobre la llaga de los mecanismos de reterrritorización colonial que envuelve no sólo la búsqueda de aventuras “sentimentales” por parte de los extranjeros en la Cuba del abismo social y turística de hoy; sino también en la conciencia que sobre la manipulación explícita a la que está sujeto el cubano por parte del forastero tienen sus ciudadanos e incluso las instituciones artísticas que trafican con nuestro capital simbólico. Por fin una historia donde no se mitifica el amor entre extraños ni queda el visitante como pasto fácil de la picaresca nacional.

Habana Blues es un filme que dibuja el boceto de algunos colectivos minoritarios que exceden las preocupaciones existenciales medias del cubano. Perfila las connotaciones de un anhelo migratorio que rebasa la simple condición económica, para convertirse en el canto ontológico de una conciencia sobre la insularidad y el contenido utópico de la libertad. Quizás una de las escenas que trata de condensar ese dilema es la comilona entre el grupo de bohemios, lamentablemente poco lograda, al punto de ser uno de los momentos más lamentables del filme y que desluce la excelente dirección actoral general de la obra, al punto de desaprovechar las posibilidades histriónicas de Alexis Díaz de Villegas, uno de los actores fetiches de Carlos Díaz y El Público, y ensombrecer la excelente interpretación que hasta entonces venía haciendo Yailene Sierra de su personaje de Caridad.

Primero la selección de los comensales aporta una vez más el sello sutil del director al lograr una composición heterogénea de subjetividades, donde no llega a faltar ni una pareja de lesbianas. No obstante, los parlamentos utilizados e incluso las actuaciones restan la lucidez que pudo tener un instante de abstracción intelectiva en la película. Resultan harto pedestres y superficiales los comentarios sobre «el artista puro», noción añeja y desvalorada por una teoría artística que ha reconocido  las mutaciones del modelo romántico y vanguardista del creador en un texto antológico de Donald Kuspit como El artista suficientemente bueno, más allá del artista de vanguardia. Mientras que por otra parte se realiza una analogía reduccionista entre el valor del gesto de permanecer en Cuba y la dignidad artística; la emigración y las concesiones intelectuales.

La misma escena, en contrapartida, obtiene uno de los pasajes más relevantes y sensibles de la película a través del paralelismo entre una canción y la fotografía de una Habana mirada sin la grandilocuencia habitual del cine cubano. Una Habana nocturna que encuentra al hombre urbano en la esquina del Yara, sentado a la espera sobre el muro del Malecón, o añorando la realización de un sueño, tal vez rumiando sus frustraciones frente a la vidriera donde un vetusto maniquí con traje de novia le convida al diálogo silencioso. Una Habana física que se desmorona incesantemente, una Habana de la memoria que también fenece. Sin embargo, las imágenes que nos regala Jean Claude Larrieu, Director de Fotografía del filme, no pretenden mitificar un espacio en el que la belleza ha encontrado resquicios en medio de las ruinas, pero tampoco se ensañan en el deterioro de su aspecto y su gente. Una fotografía sencilla, sin altibajos, posiblemente entrenada en la mirada del que de tanto trasegar por Prado, San Lázaro o Monte, ha hecho habituales y cotidianas las huellas de los puntales enmohecidos. Una fotografía que no busca sorprender, pero hechiza por la solución no artificiosa de sus planos y la habilidad no forzada de sus retratos colectivos. Visiones que trasladan  la poesía humana de la desesperación y la esperanza desde las fachadas hacia los interiores habaneros, tratados en las casas de Ruy y Tito como marcas fehacientes de la abnegación de una “clase media” extendida que persiste en su lucha contra la decadencia, aferrándose a la presencia de un piano, o al sortilegio de la luz de las velas.

Sin lugar a dudas Habana Blues es un cuadro necesario de una ciudad que vive su pequeña odisea al límite de las posibilidades de cada uno de sus habitantes. Una obra avalada por el nombre de su director y que sin dejar de ser un cine comercial posee toda la dignidad de una mirada carente de prejuicios y sincera. Una obra impregnada de buenas actuaciones y del espíritu bohemio que no ha desfallecido en el desconsuelo de la noche habanera, matizada por una banda sonora encomiable, que amenizará a partir de ahora las tertulias de miles de azoteas. Una película que muestra esa otra Habana que subyace bajo el estereotipo de la visión infundida por el Otro, cualquiera que éste sea, y eso no concierne sólo a los de fuera.

El valor de una obra no puede desligarse de su función para el contexto de referencia y mucho menos para el espacio en el que se consume. En tal sentido, quizás uno de los aciertos mayores de Habana Blues radique en lograr brindar para muchos, amén de las risas o las lágrimas, una conciencia diferente sobre la vida del cubano ahora mismo, aunque sea sólo para descubrir que esa también es Cuba, alimentada y sentida en las ficciones particulares de su gente, muy diversa y más compleja de lo que habitualmente muestra el cine en estos lares.

*Este texto fue publicado originalmente en el diario electrónico Encuentro en la Red el 6/04/2005.