2005_Henry Eric Hernández

Bocarrosa, 2000

El pecado de callar: maneras de prostituir el alma*

Caminar por Madrid en estos días implicará para muchos la tortura de reconocerse en unos carteles que rezan: “Prostitución, existe porque tú la pagas”. La ciudad se ha convertido en el eco solapado de una denuncia que le echa en cara a muchos la hipocresía de la supuesta moral puritana con la cual se combaten los cientos de rostros y cuerpos que deambulan por Casa de Campo, o simplemente aguardan en las esquinas de la calle Montera por la clientela que propicia el pan de cada día. La repetición de esa verdad en cada valla, testimonia la presencia insoslayable de esas mujeres y hombres que verifican una problemática social tan real y antigua como dramática. Al mismo tiempo refiere la concatenación de otras circunstancias que agudizan el signo de la mercantilización del ser humano, y que van unidas a la condición del inmigrante.

Paralelamente, la Galería KA (Caños del Peral, 9. Madrid) presenta hasta el 30 de enero de 2005 la muestra colectiva Yo, xxxxxx, puta, en invierno, de madrugada, en la Casa de Campo (Instalaciones en torno a la esclavitud sexual). Al respecto, el crítico José Marín-Medina expresa en las palabras al catálogo:

En esta muestra se reúnen propuestas de seis firmas de artistas comprometidos con su tiempo –el nuestro- que afrontan determinados perfiles del tema de la prostitución en el Madrid de hoy, un motivo propio de las instancias públicas, que deberían ser las garantes de los principios de igualdad, libertad y justicia. Como resulta notorio, estas propuestas no se efectúan desde la propaganda, sino desde la reflexión personal (la del artista-ciudadano) y desde el propósito de hacer que el espectador reflexione también a través de un arte en ocasiones crítico, en ocasiones irónico, en algún momento inclusive de gran crudeza, sobre un tipo de sinrazón que históricamente no es de ahora, sino de siempre, pero que en la actualidad nos afecta a todos, cobrando perfiles especiales dentro del sistema de migraciones intergentes e interculturales en que hoy se está desarrollando.

Poco antes de adentrarse en el análisis de los propósitos de Yo, xxxxxx, puta…, Marín-Medina repasaba algunos de los momentos del debate reciente en torno al arte, donde se ha reflexionado sobre la función del artista y el intelectual en las sociedades contemporáneas. A través de las diferentes posturas que en tales discusiones se han asumido, y que abarcan un diapasón que va desde la total enajenación y la absoluta indiferencia ante sus contextos socioculturales, económicos y políticos por parte de los artistas, hasta el radicalismo a ultranza en el comprometimiento crítico, se llegaba a la convicción -compartida por suerte por muchos todavía- de que en cualquier instancia el arte no debe abandonar el sentido de responsabilidad que necesariamente posee frente a la realidad que le circunda.

Justamente, el constituirse como uno de los últimos espacios de autonomía lingüística para la enunciación de un cuestionamiento de la realidad y los ejercicios de Poder que estructuran su percepción, convierte la capacidad metafórica del arte en un vehículo crítico que puede en muchos casos sortear las barreras punitivas de los censores. No obstante, sería ingenuo pensar que incluso a pesar de esas condiciones de cierto modo idóneas de los lenguajes artísticos para la realización del comentario crítico, éste puede acontecer con independencia. Los dos ejemplos anteriormente mencionados, demuestran de algún modo, cómo las sociedades civiles donde se entrena la expresión democrática admiten la existencia del disenso, mientras que los contextos totalitarios tratan de anular paulatinamente cualquier tipo de discurso que ponga en precario el paradigma social idílico que entronizan.

En tal sentido resulta curioso que justo en el mismo lapso (década de los noventa) que en España aumenta la prostitución de inmigrantes, en Cuba se desarrolle el fenómeno del jineterismo como consecuencia de la crisis económica experimentada por el país y la apertura al turismo occidental al incrementarse la actividad de esa industria. No obstante, hasta la fecha, se adolece una carencia de exposiciones o propuestas que dentro de las artes visuales pongan en escena la problemática en cuestión, salvo encomiables excepciones que han circulado dentro del campo artístico cubano de modo informal y subrepticiamente, o que apenas han sido socializados en exiguos y pequeños foros.

Obviamente, ello podría responder por una parte a los propios controles del Estado sobre la actividad cultural, instrumentalizados a través del sistema institucional; y a la imposibilidad de que existan alternativas serias independientes, no comerciales (salvo casos muy raros como el espacio Aglutinador) que evadan la censura oficial. Mientras que en otro ámbito podría estar influyendo un repliegue cada vez más generalizado del arte hacia zonas discursivas no conflictivas ante el stablishment, en pro de la subsistencia poética. De hecho, es alarmante constatar la creciente falta de compromiso social con su entorno de una gran parte de la producción artística que acontece en Cuba, así como el refugio en las posibilidades neutras de enunciación de un esteticismo y un formalismo que poco a portan al debate sobre las condiciones en las que viven los cubanos actualmente, y ni siquiera a la especulación sobre la misma naturaleza de los procesos artísticos y el arbitrio del Poder sobre los mismos.

No se demanda un arte necesariamente comprometido ni rebelde, mucho menos se cuestiona la pertinencia y legitimidad de preocupaciones creativas que difieran y se alejen del pensamiento en torno al contexto insular. Sin embargo, asombra y se sospecha de los pactos, las negociaciones y el oportunismo, cuando se comprueba cómo justamente algunas de esas retóricas vacuas y propuestas estéticas de dudosa calidad alcanzan inexplicable y vertiginosamente el reconocimiento de la Institución Arte en Cuba. ¿Dónde ha quedado entonces la responsabilidad cívica y la ética del «artista-ciudadano» cuando en casi todo momento se está tratando de evitar la expresión comprometida? ¿Por qué si el malestar y la inconformidad devienen motivo diario de las tertulias informales sobre la sociedad y las instituciones en Cuba, la mayoría de las obras no traducen ese ánimo?

Una de las excepciones que al respecto vale la pena mencionar, es la obra de Henry Eric Hernández y Producciones Doboch, que continuamente va a buscar el objeto de sus investigaciones sociológicas e históricas en aquellas zonas preteridas por el imaginario oficial, referentes tanto a hechos de la historia de Cuba, como a los personajes que pueblan las historias cotidianas de la Nación. De ello dan fe sus piezas documentales e intervenciones, que recorren espacios y pasajes proscritos o marginados, donde opera mediante la deconstrucción de las mitologías del Poder y de los axiomas de una sociedad perfecta y justa.

Obras como Controversia con el ghetto (1999) o Kermesse al desengaño (2001), le acercan a la metodología genealógica de Michel Foucault para conducirle a una reconstrucción de la historia no a partir de las narraciones oficiales, sino de la labor del arqueólogo que descifra las marcas del pasado al tratar con objetos que se convierten en el testimonio más fidedigno posible de los hechos. En Controversia… el referente es la Ciudad Escolar Libertad, antiguo Cuartel Militar Columbia, y se traza un paralelismo diacrónico a través de la función de un sitio para la instrucción del individuo dentro de la lógica del Poder. En Kermesse… el hallazgo arqueológico de un cementerio esclavo en el patio de una escuela primaria en San José de las Lajas, se convierte en la metáfora de la anulación de la libertad del individuo que acontece en los centros educacionales que el sistema ha desarrollado para fomentar un modelo igualitarista.

Por su parte, documentales como Bocarrosa, Almacén y los cuatro capítulos de Sucedió en La Habana producidos hasta la fecha, le acercan justamente a esos rostros de la realidad social cubana que tratan de ser continuamente olvidados por el Poder. Un mundo estereotipado como marginal, que queda fuera de los perímetros de permisibilidad revolucionaria que exalta el modelo del «hombre nuevo», se erige como centro de atención de las otras historias que buscan Henry Eric y sus colaboradores para diagramar el boceto real de la nación cubana. Travestis, mendigos, prostitutas y presidiarios deambulan ante la cámara del artista para narrar los episodios cotidianos de una sociedad, aquellos momentos, y las voces de subjetividades condenadas al silencio por una falsa moral.

Cualquier esquina de Montera pudiera recordar la intersección de las calles habaneras de Monte y Cienfuegos que conforman algunas de las polémicas locaciones de Sucedió en La Habana II, escenarios de la prostitución en Cuba. Muchos de esos rostros sudamericanos tendrían las mismas miradas perdidas y enajenadas de algunas de las mujeres que merodean por el Malecón como cazadoras furtivas del sexo como transacción comercial. La obra de Henry, y eso es lo más conmovedor, no inventa ficciones, hurga allí donde ni siquiera Suite Habana (tomada en muchos círculos como ejemplo reconocido del riesgo creativo y la crítica social) ha escudriñado, porque al final los personajes de la obra de Fernando Pérez –por demás casi todos excelentemente seleccionados-, a pesar de vivir en medio de la precariedad, representan al pueblo abnegado y trabajador que para nada contradice el discurso oficial sobre el sujeto revolucionario.

No obstante, todavía se necesitan muchos más Fernando Pérez y Henry Eric Hernández en medio de tanta indolencia o disimulo creativo. Se precisarían en las galerías e instituciones del campo de las artes plásticas en Cuba muchas Yo, xxxxxx, puta, en invierno, de madrugada, en la Casa de Campo (Instalaciones en torno a la esclavitud sexual). Al final hacen falta millones de «artistas-ciudadanos» que tomen conciencia, tanto en Cuba como en el resto del mundo, de la importancia que puede tener el más mínimo gesto de denuncia, crítica y transgresión para la toma de conciencia en las sociedades de hoy, que distan bastante de la perfección.

*Este texto fue publicado originalmente en el diario electrónico Encuentro en la Red el 22/02/2005 bajo el título: “El pecado de callar”.