2005_Libro Cartel de cine cubano

Una historia gráfica ¿interminable?*

A finales del año 2004, la Editorial El Gran Caid S.L. publicó El cartel de cine cubano. 1961 – 2004, suerte de recopilación de textos críticos y ensayos sobre el desarrollo gráfico paralelo al ICAIC. Esta edición bilingüe, además de aportar un bosquejo historiográfico sobre la cartelística cinematográfica producida en Cuba, ofrece un repertorio visual de casi 300 carteles testigos del esplendor y las épocas doradas de una industria lamentablemente agónica en la actualidad debido a las carencias de recursos económicos que enfrenta el país y que tienen una de sus repercusiones más abominables en el campo de la cultura y de una de sus parcelas más costosas.

Editado por Antonio García-Rayo, el libro reúne las firmas de estudiosos de la imagen cuyos artículos proporcionan una comprensión heterogénea de la evolución que ha experimentado esta modalidad gráfica insular. Desde las versiones más historicistas, que ahondan en las circunstancias socioeconómicas que rodean la citada producción artística, con un análisis de la crisis de la industria fílmica cubana en la década de los noventa y por ende en la mengua de la serigrafía artística que ha marcado la promoción del cine y una presencia urbana y popular del mismo, de la historiadora cubana Sara Vega; hasta análisis estilísticos y tipográficos de la impronta cartelística cubana en los capítulos firmados por Raúl Equizábal, Pedro Vidal y Raquel Pelta; pasando por los testimonios más apasionados y coloquiales de los propios artistas, como es el caso de Antonio Fernández Reboiro y Alfredo Fernández Rostgaard.

Se trata de una edición de lujo que permite regodearse en los trayectos de una historia gráfica que remite paralelamente a la historia del séptimo arte en Cuba y a la realidad misma de una sociedad en la que esta producción ha contribuido a la comprensión de nosotros mismos, a sortear con ironía las barreras burocráticas institucionalizadas, y a burlarnos de los estereotipos a los que los cubanos hacemos culto. Un libro que también posee la distancia propicia, aunque peligrosa, de mostrar cómo se comprende el cine cubano desde fuera de casa, cómo se pueden percibir los giros sugestivos que la iconografía de los cartelistas ha dejado como memoria visual de una obra y de millones de espectadores.

Posiblemente, amén de lo provechoso del rigor de los textos contenidos en el volumen, el segmento más delicioso para quien hojea el libro, sea pasar una  tras otra las cientos de páginas que reproducen algunos de los carteles más emblemáticos producidos desde la fundación del ICAIC. Algunos se reencontrarán con obras míticas de René Azcuy, Reboiro, Raúl Martínez, Julioeloy, Eduardo Muñoz Bachs, otros hallarán las imágenes de jóvenes diseñadores como Pepe Menéndez, Laura Llopiz, graduados de Instituto Superior de Diseño Gráfico de Cuba –cuya relación con el ICAIC durante los noventa apunta Sara Vega, reconociendo la importancia que posee ese nexo para el desarrollo del cartel de cine, contrarrestado por la crisis económica que repercutió negativamente en las producción de la serigrafía, técnica principal usada para los carteles.

Resulta interesante, además, contrastar las diferentes versiones de carteles realizados para una misma obra cinematográfica; o las soluciones técnicas aportadas por los autores en la representación gráfica de carteles de películas extranjeras, algunos imprescindibles ya en la historia de la gráfica isleña, tales como Harakiri  (1964) de Reboiro, hecho para promocionar el filme homónimo del japonés Masaki Kobayashi.

Este libro se convertirá, tal vez, en un objeto fetiche para coleccionistas, quizás los mismos que en un gesto furtivo arrancaban de los muros de la calle 23 los carteles de las últimas películas cubanas. Ese compendio de imágenes y sonidos siempre aguardado con fruición por los espectadores, y prolongado como recuerdo en las paredes íntimas de las casas, como artilugio para la adoración de directores, actrices, escenas; o tan sólo como estrategia para el encubrimiento del descorchado causado por la humedad que se extiende desde el apartamento de la vecina. Porque los carteles que han acompañado al cine en Cuba han sido reliquia de fanáticos, piezas de coleccionismo para los amantes de la buena serigrafía; pero también un simple trozo de papel “bonito” para el ocultamiento de la miseria, el envoltorio de la pizza comprada en la esquina y devorada mientras se prolongaba la espera en las interminables colas de los Festivales del Nuevo Cine Latinoamericano, o el aislante entre la inmundicia del suelo en los portales del Payret y el pantalón blanco de la joven que estrenaba atuendo para ver la última de Titón.

De todos modos, aunque el cartel de cine en Cuba -tanto de ficción como documental- se encuentre en esa frontera difusa que implica la pérdida de una tradición, El cartel de cine cubano. 1961 – 2004, viene a recordar que hay muchísimas imágenes inolvidables: las ilustraciones de Muñoz Bachs para películas de Julio García Espinosa como Aventuras de Juan Quinquín, Juan Carlos Tabío (Plaff), Fernando Pérez (La vida es silbar), Juan Padrón (Vampiros en La Habana); la hábil construcción de metáforas gráficas por parte de Rostgaard (La muerte de un burócrata, de Tomás Gutiérrez Alea); las soluciones en base al tratamiento de la foto quemada, que ha devenido uno de los rasgos estilísticos de la cartelística cinematográfica cubana, tan habitual en las obras de Azcuy (Rita, documental de Oscar L. Valdés, Los sobrevivientes, de Gutiérrez Alea), entre tantas otras.

Por otra parte, este libro muestra incluso curiosidades que insertan el cartel en los predios de la pintura cubana, de la mano de artistas como Servando Cabrera Moreno, Raúl Martínez, Flora Fong, Zaida del Río, Alicia Leal; demostrando con ello las diferencias de propósitos discursivos que implica la creación de un cartel, y que algunos de estos artistas no han podido resolver al tratar de extrapolar su poética habitual a un medio distinto.

Se trata de un libro vasto que proporciona una mirada nada parcial, sino crítica y diversa en torno a una producción simbólica que ha puesto muchas veces la manzana en la cabeza del padre, superando con creces, en ocasiones, el valor de la obra de referencia. Una edición de lujo que nos enfrentará a la nostalgia de aquellos tiempos de paredes cubiertas con verdaderas obras arte, a los paseos por una tradición que repercutió sin forcejeos en un público medio, popular, que iba en busca del cine alentado por las imágenes de sus carteles, logrando una capacidad de convocatoria que pocas veces una expresión plástica ha alcanzado en la sociedad cubana.

*Este texto fue publicado originalmente en el diario electrónico Encuentro en la Red el 27/05/2005 bajo el título: “Una historia gráfica ¿interminable?”.