2005_Roberto González Echevarría

Raza, literatura e investigación en Cuba, las deudas del discurso oficial*

El pasado 17 de octubre, como parte del ciclo de conferencias El Quijote en Hispanoamérica –organizado para conmemorar el IV centenario de la publicación de la primera edición de la mítica obra cervantina-, el prestigioso investigador de las letras hispanoamericanas Roberto González Echevarría dictó una conferencia en la Casa de América de Madrid. Bajo el título Cervantes en Cecilia Valdés: realismo y ciencias sociales, el autor de incontables ensayos sobre el devenir de los clásicos literarios del Siglo de Oro y de escritores como Carpentier y Sarduy, condujo al público a través de un sutil paralelismo entre algunas obras del “Manco de Lepanto” y la novela de Cirilo Villaverde, apuntando las notorias influencias de la obra de Miguel de Cervantes en la prosa costumbrista del autor cubano.

El Doctor González Echevarría traza una genealogía en busca de los orígenes de las ciencias sociales en la tradición literaria, que se despliega desde el realismo y la picaresca de Cervantes a Cecilia Valdés, y de ésta a los estudios antropológicos de Fernando Ortiz, pasando tangencialmente por otro compendio de disciplinas como la etnografía, el derecho y la criminología. Con ello acredita el valor de la insigne obra de Villaverde devenida uno de los primeros estudios socioetnográficos de la sociedad cubana.

Partiendo del malestar que implica reconocer el escaso conocimiento que del máximo exponente del costumbrismo literario decimonónico cubano existe fuera de la Isla –al que particularmente el investigador considera además la mejor novela hispanoamericana del siglo XIX- , González Echevarría expuso una sucesión de ejemplos y referencias que demuestran la presencia de lo que él denomina “ecos cervantinos” en Cecilia Valdés. Ellos van desde la cita directa hasta la conformación y caracterización arquetípica de los personajes (al respecto se halla una curiosa semejanza entre rasgos de Cecilia y la gitanilla Preciosa), la apropiación de la oralidad popular y el refranero colectivo, la preeminencia de la voz del narrador en la novela y su autoproyección axiológica al calificar la obra como “verídica historia” dentro del mismo cuerpo escritural.

Quizás la comunión más interesante que avizora González Echevarría entre Don Quijote y Cecilia Valdés, sea el marco de ilegalidad dentro del que se desenvuelven ambas novelas, al estar plagadas de personajes y acciones que infringen las normas sociales y se convierten en paradigmas transgresores del ethos. Dentro de la tradición del derecho de la novela realista que desemboca en el análisis criminológico, conforma Echevarría una interesante genealogía sobre la fundación de las ciencias sociales en el siglo XIX. En medio de ese desarrollo ubica además la función testimonial del costumbrismo cubano, en tanto documento etnográfico incipiente que plantea la dirección de la mirada blanca sobre la conducta, tradiciones y costumbres de los negros.

Sin embargo es harto sugerente la comprensión que del texto literario en cuestión realiza Echevarría, al verlo como el retrato de la ilegalidad generalizada en la sociedad cubana decimonónica. De ahí que el signo del resquebrajamiento de la norma se halle tanto en blancos como en negros. Al respecto se distinguen cuatro índices fundamentales de esa infracción permanente: la relación entre España y sus colonias, marcada por la arbitrariedad del Estado Absolutista; la persistencia de un régimen esclavista; el predominio del incesto; y la violación de la ley, magnificada entre esclavos, negros y mulatos libres. Obviamente, es este último elemento el que más tratamiento recibe en la novela, por el atractivo narrativo que reviste.

No obstante, el simple hecho de que Villaverde repare en la falsedad ética de la sacarocracia criolla y el asentamiento peninsular, encarnados por el propio Leonardo Gamboa y su padre Don Cándido, respectivamente, constituye un estímulo para la investigación histórica sobre la importancia del costumbrismo. En ese sentido Echevarría reitera el valor de dicha corriente estética y señala que si bien denota la visión del blanco sobre el negro, el estereotipo con que se construye la descripción del mundo negro resulta un remedo satírico de las propias estructuras sociales y jerarquías de la sociedad blanca decimonónica. De ello dan fe las mismas escalas de reconocimiento social que se reproducen en el mundo de los negros y mulatos libertos, así como el sistema intrínseco de exclusiones que marcan sus distintos espacios de convivencia. La obra de Villaverde y la iconografía legada por Landaluze, son tal vez los textos más irónicos y críticos de la sociedad cubana del XIX.

Un ensayo como el de Roberto González Echevarría, Cecilia Valdés: realismo y ciencias sociales, más allá del interés resultante de las sagaces interpretaciones del autor, conduce a la sospecha historicista sobre la precaria existencia de textos críticos e investigaciones publicadas en Cuba sobre la representación del negro tanto en las artes visuales como en la literatura. Más inquietante resulta ese mínimo registro cuando sin lugar a dudas ha sido el cuestionamiento de las representaciones del sujeto negro a través de la historia artística y literaria, uno de los discursos más socorridos en los trayectos estéticos contemporáneos. Pocas voces críticas, entre las que se encuentran Roberto Zurbano, Víctor Fowler, Ariel Ribeaux, Yisel Arce, entre otros, han mostrado una conciencia investigativa consolidada en torno al tema. Obviamente, el viaje examinador hacia la historia y desde ésta al presente, inocula la duda sobre esa carencia en el repertorio de las investigaciones publicadas sobre el tema en cuestión en Cuba. El imaginario oficial que recopila su propia visión etnográfica sobre la sociedad que domina, recurrentemente se ha visto salpicado por un pensamiento tan retrógrado, discriminador y racista como el de Don Cándido de Gamboa. Muchos de los conflictos generados en la novela de Cirilo Villaverde tienen su origen en la actuación de este personaje que simboliza el poder colonial, así mismo se ciernen sobre las voces negras, sobre sus múltiples silencios e invisibilidad, en la Cuba de hoy, las versiones raciales del poder insular.

* Este texto fue publicado originalmente en el diario electrónico Encuentro en la Red el 27/10/2005 bajo el título: “Las deudas del discurso oficial”. Accesible online: https://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/las-deudas-del-discurso-oficial-5793