2007_Pedro Pablo Oliva

Cultura cubana y juegos institucionales, entre el absurdo y la sorpresa*

La cercanía de cada final de año resulta propicia para el inventario de los hechos que conforman la historia más reciente, en este caso tan cercana que se limita a la narración de 365 días. Sin embargo, esa metodología de buscar en el pasado más próximo la definición de nuestro particular tiempo histórico, se torna más sugerente cuando nos percatamos de que el ayer siempre vuelve; y especialmente curioso si el presente deviene un guiño irónico a lo que a fuerza de episodios punitivos se convirtió en norma coercitiva o incluso en prohibición.

Precisamente, un breve paneo por el repertorio de acciones de visibilidad y reconocimiento de la Institución Arte en Cuba, nos devuelve la paradójica imagen de un sistema de legitimación muchas veces dudoso, carente de nexos entre lo que la pragmática axiológica de esa suerte de estrategias simbólicas debe suponer frente a la realidad en términos funcionales. Premios, concursos, salones,  y toda la parafernalia competitiva que se instrumenta dentro del campo artístico cubano, carga per se el estigma de la sospecha que se cierne sobre la pertinencia ideológica del objeto de análisis y reconocimiento de cualquier convocatoria y los participantes en la misma.

El Premio Nacional de Curaduría, el Premio de Crítica de Artes Guy Pérez Cisneros, el Salón Nacional de Premiados o el Premio Nacional de Artes Plásticas, son algunos de los eventos y reconocimientos, organizados por el Consejo Nacional de las Artes Plásticas con la participación de sus diversos centros, que soportan el lastre de una profunda polémica desde sus primeras ediciones. Injusticia podría ser el término más habitual para calificar parte de las decisiones de los distintos jurados que  han orquestado los resultados de tales espacios de legitimación institucional. Sirvan como ejemplos paradigmáticos algunos de los siguientes hechos: que se le haya escatimado año tras año a Rufo Caballero el Premio de Crítica Guy Pérez Cisneros; que en la edición del año 2001 del Premio Nacional de Curaduría, no se definiera dentro del apartado de exposiciones colectivas el valor de una muestra como CD-Room,  comisariada por Frency Fernández en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, proyecto que aprovechando las precarias circunstancias físicas de la sede, fue capaz de instrumentar una reflexión sobre el alcance del environment y los site specific en tanto lenguajes, y un discurso sobre el espacio y sus diferentes usos y asimilaciones en el arte contemporáneo, algo bastante escaso en el trabajo de conceptualización de las exhibiciones y los procesos curatoriales en Cuba.

Sorpendía entonces que en el pasado mes de noviembre, los medios de comunicación cubanos hicieran proliferar la noticia sobre el otorgamiento del Premio Nacional de Artes Plásticas 2006 al maestro Pedro Pablo Oliva, no porque ello fuese desacertado, sino porque anualmente -desde 1994, fecha en que se concedió por primera vez tal lauro- el nombre del creador pinareño había estado presente en cada votación, resultando lógicamente incómodo para aquellos que anteponían lo ideológico a los elementos que realmente debían operar en una toma de decisiones sobre la pertinencia y eficacia artística de la obra y trayectoria de un creador.

Obviamente, se trata de un galardón viciado desde su propio nacimiento, por cuanto uno de los aspectos más negativos que posee está en la constitución de sus propias bases, a saber, la exclusión del ámbito de nominación de los artistas cubanos residentes fuera del país. El CNAP prescribe: “Otorgado desde 1994 con el ánimo de reconocer y jerarquizar a los mejores artistas, se instituyó el Premio Nacional de las Artes Plásticas, que se otorga anualmente a un creador plástico cubano, vivo y residente en Cuba”. Llama la atención la condición absoluta desde la que se instrumenta el premio al operar con criterios tan desacertados para el ejercicio axiológico, como puede ser la definición de “mejores artistas”, y por demás, el hecho de afianzar, con la legitimación excluyente, una historigrafía del arte cubano contemporáneo que se empeña en la escritura circunscrita a la plaza sitiada que constituye la frontera física insular.

No obstante, y a pesar de la sospecha que no puede sustraerse al hecho de que justamente este reconocimiento ocurra en el momento de impass y expectación que está viviendo Cuba en términos políticos, y las lecturas subversivas y subliminales que pueden extraerse de esta reivindicación prorrogada, sirve este pretexto para unirse a un júbilo, no por el premio ocasional, sino por la celebración de una obra que desde la década del setenta se viene manifestando como una de las representaciones más genuinas de esa generación de creadores cubanos.

Recordemos que frente a la militacia estereotipada de la identidad campesina, común en buena parte de la producción pictórica de los años setenta, la obra de Pedro Pablo Oliva, con su figuración chagaliana y la carga onírica de representaciones subjetivas que reconstruyen el imaginario lúcido y variopinto de los contexto rurales, se ha mantenido como señal de una estética particular que ha sentado escuela. Escarbando en las pasiones humanas y desvelando tanto la poesía de la conducta   sencilla y noble del hombre, como los procederes virulentos y macabros. Se trata, además, de un artista que ha compensado la tiranía del mercado con el auspicio y patrocinio de proyectos sociales puestos al servicio del público especializado de Pinar del Río, tanto con la apertura de su Casa Taller como biblioteca y centro propicio a una movida intelectual que fomenta el acceso a información y acciones culturales alternativas, como con el apoyo a la programación del MAPRI.

Por demás, este artífice de la imaginación lleva su ética creativa hasta el punto de no renunciar a la condición periférica de su natal Pinar del Río, viviendo allí y desplegando toda una labor que sin dudas ha convertido a esa ciudad, después de la capital, en una de las más dinámicas dentro de la Isla. Posiblemente, un arte que brota de forma natural del ambiente de una pequeña ciudad, de la gente de pueblo, de las circunstancias coloquiales que provoca el trasiego por sus calles, del verbo disparatado e incontenible de la gente modesta y popular, no puede renunciar a habitar ese espacio y a dejar continuo testimonio de la emoción que provoca esa lírica de lo cotidiano que parece una fábula.

Por esas y otras muchas razones, un premio de artes plásticas es apenas una migaja de reconocimiento de lo que un artista como Pedro Pablo Oliva merece, máxime cuando se trata de un galardón escatimado muchas veces. Entonces, la alegría no debe enturbiar la memoria y mucho menos permitir que se vuelva a escribir una historia sobre los acontecimientos en Cuba que tenga por norma la falacia. Tantos años de prácticas institucionales arbitrarias nos han entrenado en la desconfianza y la sospecha. “Más vale tarde que nunca” es un refrán que se aparta de la real voluntad de los gestores políticos de la cultura cubana, por eso “a buen entendedor, pocas palabras bastan”, y en la sabiduría y  elocuencia de la oralidad popular se dirimen los entuertos.      

* Este texto fue publicado originalmente en el diario electrónico Encuentro en la Red el 2/01/2007 bajo el título: “Una migaja de reconocimiento”. Accesible online: https://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/una-migaja-de-reconocimiento-29031