2018_Aimée Joaristi

Aimée Joaristi: Tres cruces

El 6 de abril de 1986 un terrible feminicidio conmocionó a la sociedad costarricense. Una mujer y seis niñas que habían participado en una ceremonia religiosa en un sitio de peregrinaje conocido como Cruz de Alajuelita, en la provincia de San José, fueron brutalmente violadas y asesinadas por desconocidos. La muerte sorprendió a las víctimas en el trayecto de regreso a sus hogares en un día destinado a la celebración y al culto. Hasta hoy el crimen permanece sin aclarar debido a numerosos errores cometidos en las diligencias de investigación e instrucción del proceso penal. La impunidad de esos hechos es un trauma anclado en la memoria colectiva de la nación, que observa con vergüenza la marea de violencia que atraviesa el tiempo, conectando pasado y presente. Las vidas truncadas en el descenso del monte aquel día, desamparadas a pesar de su fe, vuelven a aguijonear el recuerdo de los costarricenses con cada nuevo episodio de violencia de género reflejado en los titulares de periódicos y noticieros.

El suceso relatado es el detonante de la instalación Tres cruces. Una suerte de escenografía de la violencia que nos adentra en los paisajes traumáticos del duelo por medio de la poesía de imágenes que evitan a toda costa el morbo, la escatología y el carácter pornográfico de la ciencia forense. La búsqueda en los archivos no resulta aquí en la exposición descontextualizada del documento, como ha sido habitual en las políticas museísticas de la memoria. Aimée Joaristi ha preferido una reflexión que conecta con los lenguajes de su trabajo anterior y donde la abstracción y el paisaje guían al espectador por la geografía del acontecimiento.

“…El paraje me era muy cercano tanto por su ubicación en los Cerros de San Miguel de Escazú donde vivo, como por ser el destino de caminatas matutinas donde comienzo mi día. Sin más y en busca de imágenes (…) para articular este proyecto, me lancé voraz sobre la montaña, armada de cámara, bastón y agua. Subí sin pensar en el esfuerzo. Solo pensaba en el sentido que debía otorgar a este hecho y en cómo “apropiarme” de un momento trágico, regido por el dolor de los otros, para traducir esa experiencia por medio del lenguaje del arte…”.

Tres cruces se estructura en tres escenas o pasajes donde la tragedia encuentra un lugar para la evocación. El público, trocado en testigo, es invocado a participar, a adentrarse en un ambiente de inmersión total construido por Joaristi gracias a la hibridación de medios y tecnologías visivas de diferente naturaleza. Fotografía y pintura son las bases de esta instalación que deconstruye el teatro absurdo de una realidad proyectada en el lienzo y en la pantalla como una intersección de afectos, una zona de conflictividad entre la presencia y la ausencia de los cuerpos. En la primera habitación los muros laterales que rodean al público son dos lienzos abstractos de gran formato que parecieran fragmentos de un mapa. Esta deviene una representación abstraída del territorio, la reconfiguración mental de una geografía donde la vida habita en un tiempo fugaz lacerado por la geopolítica. Desde el fondo, siete espejos nos sitúan en la posición de las víctimas. La imagen especular quiebra la perspectiva y la distancia de la mirada queda interrumpida por el macabro juego de sustitución.

La segunda estación de este sensible recorrido, por el contrario, acota la situación del visitante y le confina en el rol de espectador. Aquel que desde el confort y la seguridad de su sala de estar, convertida en un observatorio, contempla el “dolor de los demás”. En esta dinámica de representación, el drama ocurre en otra parte, en un lugar lejano. Sin embargo, tanto las fotografías que reposan sobre la mesita auxiliar como la proyección envolvente de un vídeo del paisaje exuberante del cerro, traducen la búsqueda intencional de una imagen de barroca belleza y evitan la explotación del recurso documental y del hecho en sí. A contracorriente de las imágenes documentales propias del fotoperiodismo que llevan el suceso a primer plano, las fotografías que aquí dispone Joaristi buscan, si acaso, una conexión mística con el paisaje. El tenebrismo del claroscuro, el encuadre en contrapicado, la selección de los motivos fotográficos, en conjunto remiten a una tradición historicista de representación del dolor, una iconografía de la violencia de corte sacrificial que inunda el imaginario latinoamericano colonial y postcolonial.  

Finalizando este descenso a los infiernos, la artista nos lleva a un último espacio. Un interior donde se ha emplazado una cama de matrimonio reafirma el signo machista de este tipo de violencia. Otro lienzo abstracto donde se han empleado tierras y carbones extraídos de la zona del suceso cubre como un manto el camastro. Como en una fosa común, cualquier vestigio de vida es sofocado en ese lugar para la ocultación de los cuerpos denigrados.

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