2005_Marina Anaya

El voyeur, la posibilidad, las historias.

Quizás, quizás, quizás…

Osvaldo Farrés.

Ha llegado la calma, la dilatación de un tiempo donde el pasado no ha dejado de estar y el futuro ya asoma. Un tiempo de personajes que se han evadido de la muchedumbre para ir a buscar refugio en los espacios íntimos que les acogen, convirtiéndolos en recintos cómplices de la carne entregada. Entre el juego seductor de esas escenas de personajes anónimos, encontramos la mirada de Marina Anaya.

Marina Anaya. "Alice hotel". 2005. Óleo sobre tabla. 200 x 200 cm.
Marina Anaya. "Alice hotel". 2005. Óleo sobre tabla. 200 x 200 cm.

La suya es de ese tipo de obras que escapan a la racionalidad del discurso, que desdeña la lógica de análisis donde las palabras no alcanzan a explicar lo representado. Como los buenos boleros, sus piezas convocan los sentidos, porque hay que aprender a verlas “sintiendo”. Particularmente presagio en ellas la evocación de algunos filmes memorables; esos pasajes de las narraciones visuales contemporáneas en los que las historias nos penetran escena tras escena inoculándonos el virus de la fascinación, que corroe la memoria a través de la trascendencia del recuerdo de una imagen, una sensación, una atmósfera. ¿Acaso no desvelan los rojos de estos lienzos los interiores almodovarianos; los encuadres fragmentados de una estancia, la calma eterna de las habitaciones de Chow y de Su Li-Zhen en In the Mood for Love; el encuentro apasionado de los personajes –tan intenso que intuimos único y efímero-, el beso de despedida de Bob y Charlotte en Lost in translation?

Una y otra vez los personajes de estas obras de Marina Anaya llegan al Alice Club, tal vez se trate de un garito olvidado por aquellos que ya no saben cómo pensar en los pequeños momentos deleitantes de las atormentadas sociedades de hoy. Quizás el nombre mismo del lugar –imaginario, o muy real- nos cuenta sobre una niña que ha dejado de ser tal, que ya no vaga perdida por un mundo loco, trastrocado. Posiblemente, Alicia supo en algún instante que en  ese –y en este- universo demente sólo puede salvarnos el amor. Y no es que éste sea muy cuerdo, pero al menos sosiega y conforta con placer nuestra cotidiana zozobra, la inquietud perenne.

Marina Anaya. "Alice hotel". 2005. Óleo sobre tabla. 100 x 100 cm.
Marina Anaya. "Alice hotel". 2005. Óleo sobre tabla. 100 x 100 cm.

Una puerta entreabierta, la cama que asoma expectante, la llave de la habitación 107 de un hotel, la barra de un bar, la taza de café a medio tomar, son objetos que se acumulan en estas obras. Ellos devienen testigos y cronistas de cada una de las narraciones arremolinadas en los cuadros de la artista. Con trazos lineales y sintéticos, Marina va conformando un escaparate de personajes, misteriosos en ocasiones, muchas veces cándidos, siempre insinuantes. Sugiere la confluencia de circunstancias que tras de sí dejan vestigios de historias mínimas y privadas. Justamente esa habilidad para captar y retratar la fugacidad de un gesto apenas insinuado, manipula nuestra curiosidad de voyeurs para atraparnos en la telaraña de un rumor, para convertirnos en cómplices a través de la nostalgia por nuestras propias experiencias.

De los caprichos del azar (como en una canción de Joan Manuel), de casualidades, de épocas irrepetibles, de encuentros y desencuentros, de despedidas, nos hablan estas obras de Marina Anaya. Más allá del fragmento de anécdota, conclusa o no, que cada una de sus composiciones encuadran, como encierran esas habitaciones de hostales y posadas baratas el tiempo condensado de las pasiones humanas -las mejores y las peores-; del cromatismo de estas piezas, de los personajes que pareciesen máscaras en el melodrama de la vida, emerge la certeza de una capacidad que nos salva. Se trata de un elogio a la fábula, a la narración incesante, a esa condición nada maldita que nos ha convertido en consumidores de historias.

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